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Acapulco, la imposibilidad del silencio

Brenda Ríos : Acapulco, la imposibilidad del silencio

Acapulco, la imposibilidad del silencio

Por Brenda Ríos

Estamos a 74% de humedad. Eso significa que hay un 26% de aire seco. No había extrañado la sequedad de la Ciudad de México ―que me cobrará la ausencia cuando llegue, nunca se queda quieta cuando sus hijos la abandonan unos días―, hasta ahora. Es necesario lograr el equilibrio entre seco y húmedo. El cuerpo no puede con las ligas estiradas: la piel es muestra.

Llevo un mes aquí. En Acapulco. No había pasado tanto tiempo desde que me fui, hace unos 19 años. Lo máximo que había pasado eran unos diez días, en navidad por lo general, donde el clima no es tan inclemente. Ya no entiendo el puerto. Los lugares cambian. La tercera parte del puerto viejo sobrevive un éxodo comercial que no beneficia a locales y foráneos. Los negocios cierran para no ceder a la extorsión. Los que permanecen abiertos pagan no sólo la cuota sino el riesgo de seguir de pie. Eso se respira en la normalidad de la vida en la calle, en las noches solas del zócalo, en el lugar donde solían estar las vendedoras de pan de Chilapa, el puesto de picadas de doña Chila por el hotel Perla, y otros negocitos.

Todo duerme, o parece dormir a las nueve de la noche, desde Las hamacas hasta Caleta. Un pueblo fantasma, encogido. Por irónico que pudiera parecer los turistas pobres eligen esa zona para pasar dos, tres días. Caminan en hordas con sus hieleras, sus ropas de tianguis, sus salvavidas de colores, la ristra de hijos o familiares. Traen el dinero justo para los camiones, para la renta de las sombrillas en la playa, para comprar víveres en el súper y comer en las habitaciones, para el paseo en el yate con barra libre. Vienen a tres cosas: a emborracharse con cerveza, a gritar como no pueden hacerlo en sus casas (quizá obligados a convivir en hordas aún más grandes de las que los acompañan ahora) y a que las mujeres se trencen el pelo en un peinado demodé desde los 80 (si alguna vez estuvo), pero que a nadie parece importarle pues es el “sello” de la visita a la playa. Y no a cualquier playa. Por años he pensado qué atrae a todas estas personas a las playas de Tlacopanocha y a las de Caleta y Caletilla. Es un segmento bien especial. Por un lado, son las playas más accesibles al nado, por otro, el folclor que ahí habita: los mangos con chile, los tatuadores de henna, las masajistas, las trenzadoras, los vendedores de todo lo vendible; y, en los últimos meses, una nueva atracción: los que rentan bocinotas para escuchar música. He contado, sólo por ocio, a más vendedores que turistas en ciertos ratos. Por cada vendedora de fruta picada a la que uno dice No, hay tres más que vienen detrás, metáfora de las generaciones supongo. Quizá los chilangos, ese género especial de turista agreste, busca su reproducción de lo que habitan en la ciudad: Tepito, La Lagunilla, Iztapalapa, Tláhuac: las baratijas, el ruido, el agandalle, el sálvese quien pueda. La vez que me timaron alguna vez en Xochimilco cobrándome el doble por una trajinera lo miré a los ojos, al gandalla ése y pensé que no tenía que vengarme: ese lanchero de pueblo originario iría algún día a Barra Vieja y ahí cumplirían la justicia divina cobrándole su consumo al triple. Vueltas del destino que pierde el tiempo en detalles así.

Cada megafamilia –que van de 12 a 20 personas― tiene una megabocina con su megahielera que acompaña su megafelicidad; el ruido en la playa parece suspenderse como una nube encima. Los urbanos, a su vez, llevan la música a todo volumen sin que nada los detenga, al parecer no hay autoridad que multe a esos niñatos convertidos en choferes de Rápido y Furioso atravesando de pe a pa la costera como si vivieran dentro de un videojuego y reguetón a todo, Malumababy es el Dios de estos chicos salidos de quién sabe dónde pero que consideran el volante una venganza de clase.

Los bares y restaurantes “atraen” clientela con la música a todo volumen. En la Quebrada un hotel le hacía competencia en decibeles a los bares de enfrente. Es decir, que los huéspedes no dormirían esa noche. Nos sentamos en una mesa soportando el ruido, porque el calor nos impidió caminar más allá. No había nadie más. Le pedí al chico que le bajara a la música. No atendió. Le valió madres. Para él era parte de su trabajo: servir tragos con desgana y habitar la sordera. A este paso el lenguaje de señas será el único posible entre consumidores y restauranteros.

No hay manera de encontrar resquicios de silencio.  Ni en la playa, ni en las calles. Ni en las habitaciones de hotel.

Los turistas, por otro lado, están habituados al ruido de la ciudad de México que vive a gritos y golpes como ganado rebelde, y quizá venir al calor con ruido les parezca un paraíso en la tierra. Ruido donde quieran que vayan. Los caminos del señor son inescrutables y sus hijos viven en la tierra en simuladores del fin del mundo: ése será anunciado con trompetas y tambores y música de chile frito o una banda de música norteña vestida con botas vaqueras, camisas a cuadros, cinturón con hebilla, caminando a tientas en la arena, buscando clientes lo suficientemente alegres para encargar canciones pero no tan borrachos como para no pagar o buscar bronca.

Los edificios abandonados, locales con muestras de un incendio cometido la semana pasada, hace años, ahí están. Las ruinas del Acapulco tradicional que tiene serios problemas de abastecimiento de agua, contrastan aún más con el extremo de Punta Diamante. Apenas vi, por error, y lo seguí viendo, claro, un clip donde Roberto Palazuelos, en su departamento de lujo, habla sobre ser un mirrey ejemplar y cómo ha logrado todo solo en la vida (muy conmovedor por cierto) y no recordaba a ese Aca de la vista desde su balcón, otra perspectiva del mar. Quizá un mar más limpio. Qué hermoso debe ser el puerto cuando se tiene A/C fue mi conclusión sobre la vida del mirrey mayor. Admiré incluso la discreción de Luismi de su vida al respecto. Otra vida es posible, vedada a las mayorías. Vida que los demás podemos ver por la televisión o en los documentales.

En la zona de bares en Costa Azul (el barrio clasemediero sostiene su pureza antigua) el ruido es similar al de la playa. El refugio en sus interiores, donde hay A/C, tiene un alto precio: no poder hablar. El ruido llamado música es imposible. Fueron amables en uno y lograron bajarle por minutos, pero a insistencia de otros clientes, le volvían a subir. Nos vimos obligados a salir a la intemperie. Eso quiere decir tal cual es: la intemperie, que, pese a un mayor silencio, es imposible. La intemperie es la realidad: cruel, agotadora, jornada de trabajo duro.

Así como se castiga a los fumadores lanzándolos a la calle, así fuimos lanzados nosotros. Por querer hablar. La gente, ahora, entiendo, se meten a estos sitios a escuchar la música que sea (no diré que si es Haendel entonces sí) para sólo hacer eso: soportar el ruido, tomar cerveza y ver una pantalla. Videos musicales o el futbol, son los dioses de los altares donde el silencio, ese guerrero puro, es sacrificado. Nos quedamos sentados en las sillas altas de bar, periqueras, incómodos, pero dueños de nuestra voz y capaces de escuchar a la persona de a lado, la ganancia. Sentados, derritiéndonos a 31 grados con la humedad a todo, la piel ardía en la fiebre natural del clima. ¿Cómo se puede vivir así? ¿Dormir así? ¿Pensar? Algo que me queda claro, es que en el puerto hay una claridad sobre el ser, basta existir para ocupar un espacio en el mundo, y ese espacio que tiene el cuerpo es líquido.

Collage de portada, fotos de Brenda Ríos.

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