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Adiós a las armas, por Ricardo del Carmen

Adiós a las armas por Ricardo del Carmen

ADIÓS A LAS ARMAS

Ricardo del Carmen

27 de junio 2017

Es Mesetas, en el departamento de Meta. El presidente Santos habla del fin de 53 años de conflicto armado, hoy después de tanto tiempo de espera y de un premio nobel de la paz —adelantado y muy criticado, porque se les olvidó que, en los esfuerzos de Uribe en el asesinato de cientos de falsos positivos, también estaba involucrado Juan Manuel Santos como ministro de defensa—, el presidente por fin pudo decir que sólo por ver este día ha valido la pena ser presidente de Colombia. Las FARC han entregado las armas. En el escenario tres sillas blancas de plástico, una pantalla enorme de fondo en el que ondea la bandera colombiana, sin flores, sin algarabía, se ha terminado las negociaciones para la desmovilización de la guerrilla más antigua de América Latina. Pero la alegría no recorre el país.

A Colombia le queda una violencia estructural terrible, la desigualdad transita todas sus calles y veredas, las tasas de desempleo siguen al alza, la educación difícilmente pude pagarse, el puerto más importante de Colombia, Buenaventura, ha visto pasar el 60% de las importaciones del país, pero se ha quedado con toda la violencia y el desplazamiento forzado intraurbano como efecto de una política de desarrollo que privilegia la construcción de complejos industriales al bienestar de la población. (Basta decir que Buenaventura tiene graves problemas con el abastecimiento de agua y saneamiento.) Pero a Colombia también le queda la disidencia, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el paramilitarismo y el crimen organizado. Aún le quedan más de 7 millones desplazados internos, miles de refugiados… Y Álvaro Uribe.

Como se fijaba en la pantalla, lo de hoy fue simbólico. La imagen de Naciones Unidas cerrando uno de los contenedores con las armas de los guerrilleros dentro, el discurso apagado del presidente, la alegría reducida de la población, llevan a imaginar que no está pasando nada en realidad, que los problemas cotidianos no derivados del movimiento guerrillero siguen ahí, y duelen. Como dijo Timochenko, la preocupación, incluso para quienes dejan las armas, es la negligencia del Estado para cumplir con lo que promete. Santo le respondió que sus esfuerzos estarían destinados a cumplir hasta la última coma del acuerdo de paz. Luego, un par de canciones llaneras y todo se acabó. Así de breve fue el adiós a la guerra.

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