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ETERNA PRÓRROGA PARA ANGUSTIARSE

Escritor Ricardo

ETERNA PRÓRROGA PARA ANGUSTIARSE

Por Ricardo Palma

Durante toda la tarde, Ricardo estuvo practicando la misma pieza musical, frente a la ventana de la casa, con las partituras sobre el atril. Pero había un compás que le costaba mucho perfeccionar. Así que, después de un intenso día, se fue a dormir, triste porque nunca había encontrado una pieza tan complicada como ésa. Al día siguiente, despertó y lo primero que hizo fue sentarse frente a la ventana, en el banco, a practicar de nuevo. Tomó la guitarra, la colocó en sus piernas, y dio un largo bostezo. Abrió el libro y vio las partituras con una mirada soñolienta, pero con un halo de tristeza. Cuando sus manos comenzaron a tocar el arpegio, y antes de que llegara al compás que tanto trabajo le costaba, Ricardo sintió en la yema de los dedos una picazón, como si algo se le hubiera metido entre las uñas. El dolor fue suave; pero poco a poco el malestar aumentaba, hasta que sintió como un desgarre provocado por alfileres.

Dejó la guitarra en el atril y se metió a bañar, aún con el dolor colgándole de la mano izquierda. Faltaban sólo unos días para que los ensayos comenzaran en la orquesta, y no llevar la pieza completa y perfeccionada significaría el fracaso total. Era como darle la razón a sus padres cuando le dijeron que se iba a morir de hambre si se dedicaba a esa profesión. Fue entonces que para alivianar la molestia se puso pomadas y remedios caseros; pero el dolor no se iba. No practicar un día significaba un día echado a perder. Pero no tenía otra opción que descansar. Quizá eso le alivianaría un poco el dolor. Sólo se sentó en el sillón de estar y miró las partituras; después, se levantó, y con una perseverancia de matemático analizó cada nota que había en el compás. Así estuvo durante toda la noche, hasta que el cansancio le ganó. Al día siguiente el dolor ya se había ido; pero una mancha negra surgió de los dedos. Nunca había tenido una reacción así y pensó que se debía al estrés acumulado.

Antes de irse, y un poco desesperado, tomó el libro y lo tiró en el cesto de la basura. Después, llamó a un amigo para que lo acompañara al doctor; pero no encontró a nadie. Fue solo y el médico le dijo que el estrés y la falta de una buena alimentación lo estaban acabando y sólo le recetó unas vitaminas y le dio una rigurosa dieta. Regresó a su casa un poco triste, pues poco a poco la mancha crecía. Ya no eran los dedos: era la mano completa. Era una mancha como de tinta. Se metió a bañar y se talló bien las manos y el cuerpo; pero se dio cuenta que los pies y las piernas también estaban manchadas. Ricardo se deprimió y no buscó su guitarra, que respiraba lenta, frente al atril vacío, mientras era devorada por la luz de un día triste. Cuando despertó al día siguiente, después de un largo llanto nocturno, se quiso levantar, pero sus brazos eran hojas de papel y en su cuerpo las corcheas descansaban como el aire apacible de la mañana.

La fecha del ensayo con la orquesta llegó y nadie sabía de Ricardo. Así que un amigo fue a buscarlo a su departamento, pues ya tenían días que no contestaba llamadas ni mensajes. Cuando el amigo abrió la puerta, buscó a Ricardo por todos lados: en las dos habitaciones, en la cocina, en el baño, en la sala; nada, no había señales de vida, sólo el lento respirar de la guitarra. El amigo pensó que todo eso era raro, porque Ricardo no solía desaparecer así. No pensó en un secuestro o en un asalto porque todas las cosas de valor estaban en el departamento. Todo estaba en orden. Buscó bajo la cama (por un momento el amigo pensó que había sido un homicidio) para descartar un posible asesinato, y vio que en el cesto de basura estaba el libro de música. “Qué raro”, pensó el amigo, “hay dos libros de música”. Salió de la habitación y sobre el atril estaba el mismo libro. “Normalmente este hombre no tiene dos libros repetidos”. El amigo salió del departamento con el libro de música que había encontrado en el cesto de basura.

Recostado en el atril, Ricardo comprendió que jamás iba a poder tocar el compás difícil que se había encontrado en la pieza, y el único consuelo que tenía era que alguien se apiadara de él, cruzara la puerta de su departamento, lo acariciaran con esa paciencia y calidez con que se hacen las buenas cosas, y tocaran por fin lo que él nunca pudo tocar cuando estaba del otro lado del pentagrama, y le borraran para siempre el dolor que desde hacía unos días había brotado de su mano izquierda.

Había caminado durante mucho tiempo, hasta que se detuvo bajo un árbol para tomar el fresco de la tarde. El sudor que escurría de su frente palpitaba en la piel como aceite quemado. Con la playera sucia hizo un abanico improvisado y se echó aire. Después, continuó caminando. Al llegar al semáforo —en donde había un policía medio dormido, como si estuviera lejos del mundo— se detuvo a pensar en dónde pasaría el resto del tiempo que le sobraba. En la esquina había un parquecito. Buscó una banca y se sentó. Minutos después alguien llegó y le hizo compañía.

—¿Usted es de por aquí? —cuestionó el hombre, con la voz rasposa.

—No —respondió el joven, un poco irritado.

—¿Sabe dónde puedo encontrar la plaza?

—Le acabo de decir que no soy de aquí, señor. Le ruego que busque a otra persona que pueda ayudarle.

—Es que… necesito ir a la plaza, joven. ¿De casualidad usted espera a una muchachita de unos veinte años, de cabello castaño y estudiante de música?

Él había mantenido la mirada distante, enajenada en el reloj de mano; pero cuando le describieron a la persona que él esperaba, sus ojos giraron violentamente a la cara de aquel hombre.

—¿Cómo puede saber usted eso? —preguntó.

—Porque yo espero a la misma persona. Sólo que ahora usted no va a reconocerla. Han pasado los años y usted ha permanecido joven.

—Pero, cómo, ¿de qué me habla?

—De que la violinista a quien usted espera ya no tiene la misma edad. Ahora tiene canas, como yo. Y con quien ahora platica usted es consigo mismo, pero mucho más grande.

—Usted se ha vuelto loco —respondió él, molesto por aquellas palabras que no sonaban a grosería pero que sí eran un chiste de muy mal gusto.

—Eso es fácil de comprobártelo —el hombre permaneció con la manos sobre sus piernas y le lanzó una mirada a él que parecía un fantasma.

—Disculpe, señor; pero no tengo nada de qué hablar con usted.

—¿Estás seguro de que quieres irte? —insistió el hombre.

—No, no puedo irme. Espero a mi esposa.

—Lo sé. Esperas a mi esposa que es tu esposa, pero ya con la cabeza gris.

—¡Pero qué estupidez dice!

—Que a quien esperas es a la violinista de la Orquesta, lo sé. Lo que trato de decirte es que ella, tu esposa, que es mi esposa, no tiene la misma edad. Ella ha cambiado. Y esto es por una razón. Esta mañana yo desperté creyendo que tenía tu edad. Y lo más probable es que ese despertar sólo haya sido mi imaginación, si es que ésta existe en los sueños.

—¿Y cómo explica lo de mi esposa?

—Es fácil. En la mañana recordé que había soñado que estaba en este mismo lugar, esperando a mi esposa. Pero llegó un joven de tu edad, a preguntarme si yo era de este lugar, y yo le respondí que no. Después, me dijo que mi esposa era la misma de aquel joven, y que ahora ya no tenía la misma edad que yo, sino que era una jovencita de veinte años.

—Se ha vuelto loco, señor. Será mejor que se vaya de aquí.

—Lástima que no quieras saber lo que te depara el futuro. Y si no quieres saberlo, mejor vete. Mi esposa está a punto de llegar.

—Disculpe, pero el que se tiene que ir es usted. Mi esposa no tarda en llegar.

El hombre de canas trató de ser lo más cortés; pero se dio cuenta que aquel joven había perdido la fe en los sueños, y que por más que le insistiera en la posibilidad de ese encuentro, aquél no cambiaría de opinión. El joven sostuvo la mirada en el reloj y ya la conversación se había devorado el tiempo. “Ya es tarde y no llega”, pensó el joven.

—Tu esposa no va a llegar ahora —dijo el hombre, mientras su voz lejana parecía desvanecerse en el aire.

—Ya debería estar aquí. Le voy a marcar por teléfono —el joven se levantó de un salto y marcó; pero no hubo respuesta.

El calor se intensificó con el aire que provenía del sur. El semáforo se puso en rojo y de pronto una señora de canas cruzó —con la ayuda del policía adormilado— la avenida en dirección a la banca del parque.

—Mira, ella es tu esposa —dijo el señor.

—Realmente usted está loco —respondió el joven.

La señora traía en sus manos el estuche de un violín y un largo vestido floreado. Llegó a la banca y saludó de un beso al señor.

—¿Quién es este joven? —preguntó la señora—. Es que se me hace muy conocido.

El joven permaneció intacto, mirando los ojos color ámbar de la señora y sintió cómo sus piernas desmayaban ante aquella mirada penetrante.

—Es mi nuevo amigo. Lo acabo de conocer. Como ya no recordé dónde estaba la plaza él me estaba explicando cómo llegar; pero se nos pasó el tiempo.

Evidentemente uno de los dos estaba mintiendo. Pero el joven no le tomó importancia a las palabras de un viejo senil.

—Muy bien. Vámonos, entonces —repuso la mujer.

El señor se levantó y se despidió sin saludar de mano al joven.

—Gracias por todo, joven. Sólo te recomiendo algo: no despiertes. De verdad. Te agradeceré mucho si nos dejas vivir un poco más nuestra vejez.

Cuando el semáforo se puso en rojo, los señores cruzaron la avenida y, del otro lado, sólo había silencio. El joven, haciendo como si nada hubiera pasado, se sentó de nuevo en la banca, y al otro lado de la calle, venía cruzando su esposa.

—¿Qué tienes? —preguntó la joven—. Parece que viste a un muerto.

—Me pasó algo raro —respondió el joven. —Te estaba esperando en esta banca y de pronto se sentó un señor y me preguntó si yo era de aquí; le respondí que no.

—No le veo nada de raro a eso —repuso la joven.

—Eso no es lo raro. Después me dijo que mi esposa era su esposa, y que él era yo y que estábamos en un sueño.

—¿En serio eso te dijo ese hombre?

—Sí. Y lo raro es que él se parecía mucho a mí.

—Y lo más raro es que acabo de ver a alguien parecida a mí. Era una señora ya grande, que traía un violín, pero ya con años de más.

—Pero lo más raro es que me dijo que no despertara, porque ellos querían disfrutar de su vejez. ¡Ese señor está loco!

—Ahora entiendo. Quizá ellos estén soñando que se encontraban en la juventud y es por eso que quieren volver a recordar los tiempos de antes. Quizá nosotros seamos su sueño.

—¿Qué? ¿También te volviste loca? —preguntó el joven, ya cansado de aquel juego infinito.

—No, para nada. Pero no es justo que les quites esta segunda oportunidad de encontrarse. Nuestro inevitable destino es ser quienes somos; pero quizá a ellos no les alcanzó la vida para ser ellos mismos —concluyó la mujer.

—No lo sé. Presiento que esto no va a terminar nada bien.

—Entonces, vamos a preguntarle a aquel policía si esto no es un sueño.

Ambos caminaron hacia el semáforo y se acercaron al oficial, que tenía el aspecto de un sonámbulo enfermo.

—Disculpe, pero mi esposo y yo estamos desconcertados, y queremos saber si esto que estamos viviendo no es un sueño.

—¿Señora, qué es lo que dice? —preguntó el oficial, con la voz lejana. Después, dio un largo bostezo.

—Vámonos, mujer. ¿Quién nos asegura que este policía no es producto del sueño de aquel señor? Será mejor hacer nuestras vidas y dejar que los demás hagan la suya. Quizá este policía sea quien esté soñando que dos personas se le acercan para preguntarle si esto no es un sueño, y eso, eso sí es terrible que suceda.

 

Ricardo Palma,

Con su obra “El sueño que no era” el escritor Ricardo Palma ganó el concurso XVIII de cuento María Luisa Ocampo.

Obtuvo PECDAG 2016 en letras para realizar una novela.

 

 

 

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