Frío: poema de Carlos F. Ortiz

Frío

Carlos F. Ortiz

 

Escribir sobre el frío, la inmediatez de la escarcha,

la nieve infinita, la blancura furiosa del cuerpo,

una opción milimétrica casi ausente

de aves cómicas, que bailan con sus trajecitos

en una fiesta llena de burócratas borrachos

que se besan en la clandestinidad del alcohol.

Invocar en voz quedita, casi apagada, el deseo,

lo sagrado de un cuerpo tibio, que nos recuerda

así de pronto el frío, la escarcha, un témpano, 

la carne en el congelador, una frazada en el piso,

los dientes que chocan, el murmullo lento de un fantasma

que dormita en tu carne, en tu ingle para ser más exactos,

una maroma infinita, un descarrilarse siempre

y estar ahí esperando un chocolate caliente, un abrazo.

Fingir frente a la ventana una cordialidad como de vendedor

en el aparador de la muerte, en el frágil sentimiento de los amantes

bajo una luna de cartón, la escenografía de nuestra vida

como un set de película B, mientras esperamos al asesino,

y lo gore que es la tarde, y el frío, una balada de campanas, 

de risas siniestras, y el cuerpo ahí con ese rostro lleno de angustia.

¿Alguien vio al asesino? / ¿Quién nos asesina?

Nos queda el frío, los huesos rotos, las esquirlas que nos hieren, 

una boca que canturrea villancicos,

un encantador soliloquio en el vacío,

entropía, un poco de ciencia ficción, y los muertos vuelven

y el frío. Siempre el frío.

 

 

 

Una mano nos toca como una caricia helada,

la carne de gallina, el susto inmediato,

el olor de las flores marchitas,

la visita al cementerio,

andar a la sombra de la noche,

del eco que se pierde entre 

el tanto ruido de cadenas,

de pasos que chocan 

con la tierra para cavar esa fosa

donde nacerás de pronto

con la frente marchita,

y los otros, los que esperaban en casa,

y el hombre lobo, las bestias que duerme

salvajes a tu costado. 

Una mano pasa levemente acariciando tu cuerpo.

El corazón que delata el crimen, 

el terror de verte al espejo como un monstruo,

como la simulación de lo humano.

Despiertas.

Insecto que se arrastra

animal de tentáculos babosos

ese olor a almeja podrida,

a mercado a medio día,

a fruta, carne podrida,

una cabeza de cerdo te sonríe.

Estas, estamos muertos.

Aquí todos buscan a su padre. 

 

Es el frío que se cuela 

que tiene rostro colectivo,

grasa en las venas,

gusanos como músculos, como tendones,

un ejército de moscas verdes,

un ojo que salta de pronto,

y quieres reír, pero el dolor detiene las carcajadas,

y el frío regresa,

el frío permanece enconchado en el corazón,

es el ardor que miente,

la postrera sombra

de la muerte. 

 

 

 

Es Michael Myers quien toca a tu puerta

vestido de mecánico, 

que no te engañe,

el cuchillo escurriendo sangre lo delata. 

Tratas de escapar, pero esa música de fondo te gusta

y te detienes a escucharla, y bailas, y danzas 

mientras el acero perfora tu carne.

Ahora puedes presumir con tus amigos del colegio

que eres parte de esos crímenes del cine. 

 

 

 

Se descalza, sus pies tocan la helada baldosa, una corriente eléctrica recorre su cuerpo

como si un violento ciempiés enterrara sus patitas venenosas en su columna

y recorriera frenéticamente el territorio inagotable que es ella.

El miedo no viene del frío suelo.

El miedo sólo es la transformación simbólica en esencia de otros temores.

Sólo el polvo, 

lo que se acumula en las esquinas, 

debajo de los muebles, 

en los escondites de la habitación.

Poblada de incertidumbre su memoria

de ficticios monstruos feroces

inmortales en la imaginación de su sospecha.

No es de terror a esos seres que tiembla

que el frío domina su carne

que la angustia gobierna su vida,

no son esos terribles seres que beben sangre

que apuñalan en la sombra a sus víctimas

en la clandestinidad del horror.

El miedo llega de otros lugares

Más conocidos. 

Más terrenales. 

Mientras aquel hombre cierra la puerta 

y siente su aliento alcohólico en su cuello.

Ella tiembla. 

 

 

 

Lóbrego como esos caminos borrascosos de Jane

entre fantasmas que no se hacen presentes, 

pero que ahí están ocultos,

en espera, al acecho.

Melancólicos en el silencio, el paisaje como una bestia

que respira a tu oído esperando el descuido

para asestar el mortal golpe 

que le ponga fin a este drama.

El galope de los caballos que se pierden bajo la neblina fría

que devora los cuerpos hasta hacerlos desaparecer.

Lo único cierto aquí, es la venganza y la muerte.

 

 

 

Job toma el cerillo y enciende la mecha en espera de la explosión.

¿Hay algo más terrible que eso?

 

 

 

Debajo de la cama se esconde, 

apenas escucho el chirrido infernal de sus uñas

acariciando el suelo, 

es la noche acompañada por los misterios de lo sombrío, 

es el recuerdo de la infancia y sus fantasmas, 

las sombras que son monstruos, los pequeños ruidos que asustan,

el quejarse de los muertos, el lamento de los demonios,

la mano que se arrastra por el pasillo bañada en sangre,

tu padre con un hacha destrozando la puerta,

el frío que regresa para acomodarse despacio en la nuca,

la muerte que sonríe detrás del muro, 

que susurra el nombre de la bestia,

el nombre impronunciable 

que nos arrebata de pronto la vida.

Asómate debajo de la cama, 

ahí está, aún, ese temor infantil

que alimenta tu miedo,

como un conejo de polvo. 

 

 

 

Uno, dos, tres…

Alguien viene

Aparece de pronto

Una sombra

Un olor de algo que se pudre.

 

Cuatro, cinco, seis…

Ahí vienen

Están atrás de ti.

 

Son ellos

No digas nada.

Es la hora de los monstruos.

 

 

 

El único zombie bíblico es Lázaro

Se levantó para aburrirse terriblemente de estar muerto y vivo.

Al final del día se derrumbó bajo la sombra de un árbol para devorarse lentamente.

 

 

 

Rick despierta en ese abandonado hospital, en las paredes de los pasillos sangre, caos, vacío.

En la calle un mundo silencioso, autos inmóviles, muertos que deambulan en la cotidianidad permanente, entran y salen de los centros comerciales buscando carne. 

Rick dispara a esos cuerpos macilentos, derruidos, podridos, carcomidos por la miseria y la muerte.

Esta solo en ese mundo, entre ruinas.  

El mundo ya no es el miso. Los caminantes andan torpes, sin motivaciones, enajenados y perdidos en su tristeza.

Observas como zombie las temporadas infinitas de una repetición inacabable de un grupo de hombres que sobreviven como salvajes, en una sociedad que es espejo de nuestro mundo. 

Ellos susurran entres cadáveres una nueva mitología social de un mundo que se construye entre cadáveres. 

El frío recubre la habitación. 

Sales y descubres esos torpes cuerpos que se mueven como barcos azotados por el viento, ciegos, que navegan atrapados en una red invisible. Se asemejan a esos caminantes, que alguien los guía con ese susurro maligno al abismo. 

 

 

 

Laposibilidaddelinsomnio la posibilidad del insomnio l a p o s i b i l i d a d d e l i n s o m n i o la po si bi li da dd el in so mn io posibilidad insomnio insomnio nio io o. 

 

Derrida deconstruye en el insomnio la posibilidad del sueño. 

 

Una mosca sobrevuela el cadáver. 

 

 

 

Aparentar lo imaginable, el suspenso de la bomba debajo de la mesa, la no sorpresa, lo conocido, y la larga espera. La muerte que esta en acecho, a un paso de tu sombra, su guadaña afilada por minutos de metraje. Una close up desprevenido, tus ojos llenos de asombro. La mujer fatal, que nunca debe de faltar espera en un café, su sonrisa delata el final. El frío llega, penetra cortante como una cuchilla en la carne. 

 

 

 

Su rostro maquillado como pierrot maligno, su gracia la muerte. 

Un globo rojo en una toma abierta sobre la ciudad.

De una alcantarilla unos ojos y una sonrisa fría. 

Hay cosas de las que no se puede escapar,

miedos que habitan por siempre nuestra sangre.

Un niño llora al ver la muerte en la mirada del payaso, 

que con sus manos sostiene el horror en forma de perro. 

 

 

 

Algo continua, de pronto la noche, la oscuridad como una boca que se cierra, los belfos besando la penumbra, las casas góticas que aguardan dentro sus historias de rosas podridas, la lluvia que lentamente va cayendo, mojando el camino que nunca termina.

Una ceremonia de cuerpos, una orgía de sombras, Emely Rose observa desde un balcón como amanece de pronto, y el olor de la humedad se detiene para observar el vacío que llega trotando en uno de esos caballos famélicos hasta la puerta, desciende un hombre vestido de negro, cadavérico, toca con la delicadeza de una sombra, la madera murmura dolor y angustia. 

En su mano flaca trae un crucifijo, y el olor de la muerte, como lodo que se pudre, como un corazón que se marchita.

Escuchas los latidos, apenas audibles, como tirando de pronto con rabia, para prevenir el crimen. 

Emely Rose se tumba al suelo, comienza a dialogar con su sombra en un lenguaje desconocido, es lo único que le queda, lo poco que guarda en su mirada triste. Escucha los pasos del hombre por las escaleras, como si de pronto una legión de demonios llegara hasta su cuerpo para posearla.

 Se enciende la luz. Hace frío. Afuera en la calle desde una esquina lejana alguien nos observa. Es el hombre vestido de negro que acecha. 

 

 

 

El olor del mar, de la sal, trae el recuerdo pegajoso de los demonios.

Marinos seres que lloran conchas, calamares. Hambrientos de carne.

Milenarios aguardan, como dioses que han sido dejados al olvido.

La luz del faro apenas alcanza a iluminar su piel fría.

La seductora forma de sus cuerpos.

Sirenas pervertidas por el apetito.

Atrincherado aguantas. La locura espera en un rincón, como un felino que juega a la caza de la muerte.

Sabes que no quedan más balas, que los días han pasado con la prisa de los peces.

Sólo queda esperar. Esperar y el violento choque del mar contra las piedras.

 

 

 

Nos esperan en Samarra, 

no detengamos el paso, 

escapar es una forma de entregarnos,

de estrecharnos limpiamente a nuestro destino,

tratar de evitarlo provocará el fatal desenlace. 

Samarra nos espera.

Nos espera siempre.

 

 

 

Más de cien kilos rondan con la rabia encendida, fauces feroces, un odio acumulado en ese pelaje domesticado. Arremete una y otra vez, con la furia de un gladiador, adentro abrazas al pequeño, lloras, rezas, tus pecados alcanzan para el dolor, te arrepientes. El golpe es brutal. El auto se cimbra como animal herido de muerte.  

Las horas pasan, la angustia como tentáculo se clava en la piel. Las horas pasan, la sed, el hambre, la conciencia de la inevitable se hace presente. Las horas pasan. El sol como un dios inevitable quema.

Con sus más de cien quilos el animal acecha. 

Su hocico en entre los vidrios de la ventana, en el vaho, dibuja una sonrisa macabra. 

Abrazas al pequeño, te aferras al milagro que se va disipando como la luz del día. 

 

 

 

El monstruo prepara el cuerpo sobre la fría plancha, teje la carne muerta, va uniendo las partes desmembradas, le da por crear la vida, el falso creador, miserable, entre las sombras de sus escombros. 

Despierta el cadáver, en su confusión, en el abismo en el que se observa, en vértigo que es caída a la noche, penumbra que son brazos, agujas que hieren la piel. 

 

 

 

Alicia Silva

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Jorge Aulicino  /  Lágrimas de una bruja joven

No quedaba nada sobre el asfalto cuando entraste 

en el recuerdo de cien molinitos de papel girando 

con desesperación en la puerta de un quiosco, un invierno.

Colores vertiginosos que confirieron 

su índole a ese tránsito 

hacia el pasado por el que recorrés ahora

la misma calle, la misma húmeda avenida,

fresca, desnuda, lunar, en que cesó el ruido

y las artes mágicas te permiten flotar

hacia la noche cada vez más fría y ancha,

-una libertad que te deja sin habla-,

como si en el fondo del cuadro hubiera un gran país nevado

y aquel titilar de lámparas que empezaban a encenderse

detrás de las ventanas cuando

volvías, dejando el campo atrás, ensimismada.

En FB, agosto, 2017

Imagen: Puerta de Florencia