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LA GUERRA QUE NADIE PIDIÓ

Foto de Carlos Alberto Carbajal

LA GUERRA QUE NADIE PIDIÓ *

Ricardo del Carmen

Foto: Carlos Alberto Carbajal

Tenía escasos diez años y aún recuerdo todo: mi padre y mi abuelo habían cavado huecos por debajo de la casa. Cuando venían, a las dos o tres de la madrugada, nos despertaban en silencio y, a mis hermanos y a mí, nos metían en ellos. Pasara lo que pasara no había que decir o hacer nada. Los guerrilleros tocaban a la puerta, papá abría, preguntaban sí había gallinitas, algún becerro; papá les decía que sí limpiándose los ojos de legañas. ¿Y niños? Volvían a preguntar. No, decía papá, se fueron a la ciudad con su madre.

Permanecíamos encerrados hasta que el tiempo pasara. Al día siguiente, muchos de mis amigos y conocidos habían desaparecido, como el ganado. Mis hermanos y yo estamos vivos porque mis padres fueron más avispados; pero recuerdo, recuerdo a una mujer aferrada a su hijo en medio de la noche. El hombre armado gritándole, el niño llorando y ella más aferrada a su hijo que el alma. La única manera de quitársela de encima fue disparándole en la cabeza. Yo lo recuerdo. Como recuerdo, muchos años después, el día en que todos fuimos testigos del cuello bomba que le explotó a una mujer por no pagar la vacuna (cuota). Todos lo vimos, el mundo entero lo vio, y nadie pudo hacer nada.

Cuando muchos de mis amigos habían desaparecido, volvíamos a la escuela, y ahí, los pocos que quedábamos, planeábamos cómo traerlos a casa. Era la época de los superhéroes y todos creíamos que Superman, la Mujer Maravilla, Batman, el Hombre Araña, toda la liga de la justicia, vendrían y los rescatarían. Cuando yo hablaba con papá, él me decía, con todo el amor del que siempre fue capaz, que no, que los superhéroes no existían, que nadie los rescataría, que a nosotros tampoco nadie nos ayudaría; que la única forma de permanecer con vida era cuidándonos entre nosotros, hacer lo que los mayores nos decían y permanecer ocultos el mayor tiempo posible.

Yo vi gente morir en el camino, en los pueblos arrasados, por la vereda de donde vengo. Por eso no puedo perdonarlos. Sé que la paz es necesaria, todos queremos paz, yo más que nadie. Mi desacuerdo no es con la paz, sino con el proceso de justicia (transicional), porque ahí no hay justicia, porque a todas las víctimas lo único que se nos hacen son monumentos, mientras que ellos, los malhechores, tienen la oportunidad de convertirse en diputados, senadores, alcaldes; de vivir del pueblo al que han masacrado. ¿Qué tipo de gobierno se puede construir cuando quienes los representan fueron asesinos, violadores, torturadores…? ¿Qué corazón hay en esos gobernantes? Muchos han perdido todo en esta guerra que nadie pidió. Mi madre aún llora a mi hermano cada domingo, hemos intentado no llevarla al camposanto, pero si no lo hacemos, se deprime; todos los domingos hemos de llevarla para llorarle a su hijo. Y nosotros tuvimos a quien enterrar, muchos no, muchos seguimos andando, buscando encontrar de nuestros seres queridos siquiera una parte.

Ahora estamos en pleno proceso de entrega de armas, pero yo siempre he preguntado: ¿Por qué en lugar de las armas no piden a los guerrilleros/paramilitares/militares/criminales que nos entreguen a nuestros amigos/esposos/hermanos/padres/familia, sus cuerpos? Hay un centro en el que, se sabe, hay niños de entre 12 y 17 años recuperados de la guerrilla, unos treinta y seis, todos con enfermedades de transmisión sexual. ¿Cuál es la justicia para ellos?

Yo, muchos años después, no quiero que me entreguen armas; lo único que quiero es que entreguen a mis amigos.

* Testimonio recuperado un jueves frío, 08 de junio del 2017, en Bogotá.

 

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