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No todos estamos perdidos, por Ricardo del Carmen

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No todos estamos perdidos

 Ricardo del Carmen

 

Acabamos con el campamento. Unos recogían los cuerpos y apagaban el fuego. Otros recorrían las zonas aledañas en busca de algún otro guerrillero que se hubiera escapado. Entre gritos de orgullo, de pronto, se armó el alboroto. Tenía ocho y lo habían encontrado en un pozo. Lo empujaban con desprecio, entre gritos, avanza, valiste madre, pinche chinito de mierda. El soldado, a culatazos, lo llevó con el comandante. ¿Dónde está tu familia?, preguntó el comandante. El niño no respondió. ¿Qué dónde están tus padres?, gritó el comandante y el niño se encogió del miedo. Estaba serio, la cabeza agachada, la cara sucia. El comandante sacó su pistola y se la puso en la cabeza. El niño sintió el frío y volvió a encogerse, tembló. Me vas a decir, dónde hijueputa está tu familia o aquí mismo te vuelo la cabeza. El niño, tembloroso, levantó la mano y alzó la cara: ese es mi papá, dijo apuntando a un lado; esa es mi mamá, y apunto a otro lado, y ese que llevan arrastrando es mi hermano. Todos estaban muertos. El comandante preguntó que dónde estaba él. El niño dijo que su padre le había dicho que el día que los soldados llegaran, tenía que esconderse en el pozo. Durante varias falsas alarmas lo habían practicado. Qué donde estaban los demás niños, ahí tirados junto a sus padres.

Pues bueno, qué le vamos a hacer, lo sentimos mucho, chinito, dijo el comandante y se dio la vuelta. ¡Mátenlo!, gritó. ¡No!, dije yo. Me abalancé sobre el niño y lo cubrí con mi cuerpo. No seas pendejo, escuché que decían, no vas a salvarlo; en cuanto te duermas lo matamos y con él después a ti. Ya sabes que matar guerrilleros nos conviene.

En el gobierno de Álvaro Uribe se pagaba por cada guerrillero que se matara, ya fuera en plata o con días de descanso. La estrategia también consistía en ofrecerle dinero a los guerrilleros para que ellos mismos mataran a sus comandantes. Como sus jefes tenían precio, los guerrilleros asesinaron a varios de ellos. Para comprobar que eran sus comandantes enviaban un pedazo de la mano para corroborar las huellas dactilares. Después se les pagaba. Esta estrategia generó un sinfín de falsos positivos: en el afán de sumar puntos, la malicia asesinó a habitantes de calle y niños.

Durante dos noches no dormí. Le dije que no se separara de mí para nada y me lo eché a los hombros. Le reclamé por haberse orinado sobre mí, y él me reclamó porque yo le ordené que no dijera nada. Se llamaba Michael, tenía ocho años, nunca había ido a la escuela ni conocía el mar, tampoco sabía leer. Su vida había transcurrido en la espesura de la selva, había sido lenta y pesada como el calor del mediodía. No sólo quería a su familia, quería a todos. Caminaban mucho y nunca se habían instalado por más de un mes en sitio alguno. En una geografía tan extensa no sabía dónde había nacido. La vida más allá de la selva no existía para él. Todo el camino, todo en el camino a la ciudad era nuevo para él, los veía en sus ojos grandes y alegres. Sabía que habría que matar militares pero no sabía por qué.

Cuando lo entregamos a bienestar familiar a mí me metieron a un pozo, me patearon y me orinaron en la cara. Me aventaban la comida y me insultaban. Fueron otros dos días con él a cuestas, pero qué importaba, Michael tenía ocho años, nunca había disparado un arma, nunca había matado a nadie, no sabía nada de esta vaina; la guerra también le había quitado todo y a todos. No volví a campo, me asignaron un trabajo de oficina en Bogotá. Supe que Michael fue reclamado por sus familiares y lo llevaron a vivir con ellos. No sé si es feliz, pero me alegra haberlo traído conmigo. En esta guerra no todos estamos perdidos.

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