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UNA ESTRELLA DUERME JUNTO AL TEJADO

UNA ESTRELLA DUERME JUNTO AL TEJADO

UNA ESTRELLA DUERME JUNTO AL TEJADO

 

Luis Ricardo Palma de Jesús

 

I

—Dicen que no es bueno salir a estas horas a la calle.

—¿Quién dice?

—La gente. ¿Te acuerdas de doña Remedios?

—¿La de la panadería?

—Pos desaparecieron a su muchacho. El comisario, ése, que nomás andan cazando carne joven pa llevárselos.

—A ese muchacho ya le faltaba poco pa terminar la normal. Pero, ¿qué fue lo que pasó? No me enteré de eso.

—Dicen que estaban en otro pueblito porque fueron a sembrar. Pero llegó el comisario con otros policías, disque pa hacer una revisión. Pero como los muchachos iban solos, se los llevaron y hasta ahora no los encuentran.

—¿Y qué fue de doña Remedios?

—La pobre ahí anda. Ya no se acuerda de sus demás hijos. Todos los días se despierta diciendo que su muchacho va a regresar, y se sienta en la mecedora del zaguán, a esperarlo. Es como si pa ella todos los días fuera el mismo. Pobrecita.

—¿Cuándo fue eso, tú?

—Apenitas, hace unos días.

—Pos quién sabe, mujer. A doña Remedios tiene harto que no la miro. Ves que no puedo pararme.

—Lo tuyo es pretexto. Todo te duele. Pero bien que en la noche…

—En la noche salen esos sapos…

—¿Ya viste aquella estrella? Está hermosa y no deja de brillar.

—¿Y quién es la que por las noches se la pasa golpeando la puerta? Intento pararme pero estos huesos ya no sirven pa más. No apagues el candil. Ya no veo de noche. Estos ojos tampoco me sirven. Además de que pueden aparecer en cualquier momento uno de esos sapos. Dicen que es malo porque luego si una mujer preñada los ve los chamacos salen con cara de sapo. Qué se me hace que doña Gertrudis vio saltar uno de esos sapos porque ese hijo que se carga nomás da miedito. Mira que los pozos ahorita, en días de lluvia, están repletitos de esos animales. También te dije que le digas a ese Tori que deje de recoger los sapos aplastados que hay en la calle. Es malo. Dicen que también arrojan leche a los ojos cuando uno los quiere agarrar y que esa mismita leche deja ciego. A mí no me consta; eso es lo que dicen.

—Pos es doña Eusebia, la que no deja dormir con los golpes a la puerta. Pos, ¿qué te pasa a ti? Parece que todo se te va. ¿Ya no te acuerdas de don Arcadio? La gente dice, yo no, que ella lo mató. Se le empezaron a olvidar las cosas y un día ya no lo reconoció y, como ya estaba entrado en años, el pobre no se pudo defender de los palos que le dio doña Cheba. No hace muchito que lo enterraron en el camposanto. Y doña Cheba ni cuenta de que había matado a su marido. Sus hijos no la culparon porque sabían que… Y ahora como ya no recuerda cosas, ni a su familia, a la pobre la encierran y todas las noches dice: ba ba ba ba ba. Quién sabe qué dice, tú. La pobre ha de tener los dedos chuecos de tanto golpe que le da a la puerta.

—No me deja dormir. Será que por eso no puedo ver bien y tengo la vista nublada.

—Es la edad. Por eso tienes esos achaques…

—¿Ya te bajo tu luna?; porque mira, acabas de dejar un chorrito.

—¿A poco te da miedo ese chorrito? Si aguantas los gritos de doña Cheba. Y mira que ésos sí son duros de soportar.

—Aguanto más que esos chorritos.

—¿Ya viste la luna? Voy a cambiarme porque….

—Espera… ¿escuchaste? ¿Qué fue eso?

—Ha de ser la puerta de doña Cheba.

—No. Yo conozco esos golpes que da doña Cheba.

—De seguro te vas a quedar como ella, o como doña Remedios. Deja de decir tanta…

—¡Ahhhhhh! ¿Ahora sí escuchaste?

—¡Canijo! ¿Qué fue eso?

—Es lo mismo que te pregunto a ti. Mira… ya me manché todo de tu chorrito.

—¡Abrázame, Germán!

—Te aseguro que no fue la puerta. Ese ruido no lo había escuchado en más de treinta y tres años viviendo bajo este techito.

—Yo tampoco. ¡Shhh! Guarda silencio… ¿Escuchas?

—Han de ser esos sapos que… ¿escuchaste? Parece que alguien se acerca.

—¡Ahhhh! Creo que tumbaron algo. Abrázame.

—Me estás manchando de tu chorrito. Tu luna deja rastro en todo el piso.

—Anoche estaba chorriando y ni te quejaste.

—Mira, acaba de pasar algo por la puerta. ¿La dejaste sin tranca?

—Pos este calor no nos iba a dejar dormir con la puerta con tranca.

—¡Ahí está otra vez! Se quedó parado en la puerta.

—Germán, ¿qué es esa cosa? Le brillan los ojos.

—No sé, mujer. Pensé que eran sapos. Pero eso no tiene cara de sapo. A los sapos no les brillan los ojos.

—Se está moviendo. Viene pa acá.

—No. Se ve que anda buscando algo. No te muevas. No grites. Vamos a esperar a que se vaya de la puerta pa echarle la tranca.

—¿Qué? No te alcancé a escuchar.

—Que vamos a esperar a que salga pa después echarle tranca a la puerta.

—¿Y qué será de nuestro Tori?

—Ese chamaco. Ojalá que no haiga salido a cazar sapos. Ha de estar afuera.

—Mira, se está moviendo. Creo que ya se va.

—Calla, mujer. Deja que se largue.

—Ya se fue. ¿Echas la tranca tú o yo?

—Ves que no puedo pararme. Estos huesos ya no sirven.

—Ah, pero anoche ni te quejaste…

—Anoche fue anoche.

—Yo cerraré la puerta con tranca.

—Fíjate, puede estar ahí detracito.

—¡Ah! Pensé que esa cosa nos iba a atacar. ¿Qué habrá sido, tú?

—No sé. Ahora Tori es el que me preocupa.

—Me asomaré por la ventana. Quizá esté afuerita. Y si está le diré que se meta pa prevenirlo.

—Cómo quisiera estar bien. Ésta no es vida.

—El condenado está allá, junto al almendro. Tiene sapos en las manos. Y los está lanzando al aire.

—¿Otra vez está haciendo eso?

—¿Otra vez? ¿Ya lo había hecho antes?

—Pos ese chamaco lo quiero pero está reloco. Cuando desgranó maíz vio pasar esos pájaros negros, que son zopilotes. Quedé asombrado porque dijo que esos animales parecían sapos con alas. Y dijo que quería inventar sus propios zopilotes.

—Sí. Los lanza al aire. Parece que les dice: vuelen, vuelen, vuelen.

—Dile que se meta con cuidado; porque los sapos le pueden echar leche en los ojos y lo pueden dejar ciego. A mí no me consta; pero eso es lo que dice la gente.

 

II

 

—¡Tori, métete pa la casa!

—…

—¡Tori, que te metas pa la casa!

—¿Qué tanto hace ese chamaco?

—Sigue aventando sapos al aire. Pero parece que esos sapos están aplastados. Son de los que hay en la carretera. Se les nota.

—Grítale más fuerte. Dile que se meta porque allá fuera le puede pasar algo malo.

—¡Tori, dice Germán que te metas o te va a traer a palos!

Tori dejó de lanzar sapos. Dejó la piel curtida de aquellos animales y se acercó a la ventana.

—Que te metas, chamaco. Por ahí anda una cosa. Le brillan los ojos. A los sapos no les brillan los ojos, ¿verdad?

—…

—Métete, ándale. Con cuidadito.

—Dile que cuando entre que le eche tranca a la puerta.

—Tori, y cuando entres le echas tranca a la puerta.

Tori dio la media vuelta y cruzó el zaguán. Fue a la cocina a tomar agua. Tenía esa costumbre. Bebía litros de agua. Después se dirigió al pasillo y vio que dos luces brillaban en la oscuridad. Parecían dos estrellas desorbitadas. Tori observó detenidamente. Aquellas estrellas fueron tomando forma. Cada vez se acercaba más. Un olor se desprendía de aquellos ojos. Tori no sabía a qué olía eso.

—Ya tardó ese niño.

—Seguramente fue a tomar agua.

—¿Ya viste aquella estrella? Está rebonita.

—Y su luna.

—Ya empezó doña Cheba con su escándalo.

—¿Es doña Cheba?

—Dices que conoces bien el ruido que hace, ¿y ahora dudas?

—Mujer, esos ruidos no son de golpes de puerta.

—¿Pos entonces?

—No sé. Se parece al ruido que escuchamos al principio. Que yo escuché pero que después tú escuchaste.

—¿No será Tori?

—Tori qué va hacer. Estás viendo cómo está.

—Sin lluvias, con poca siembra y con un hijo así.

—Calla y pon atención. Qué se me hace que es eso de hace rato.

—Lo más seguro…

—¿Escuchaste? Otra vez tiraron algo.

—Habrá sido Tori.

—Que no fue Tori. Asómate de nuevo a la ventana. Quizá regresó a jugar con los sapos.

—No hay nadie. La calle está sola.

—Entonces algo le habrá pasado a ese chamaco. Asómate tantito a la puerta.

—Pero… es que…

—Si yo estuviera bueno. Pero este cuerpo ya no me sirve.

—Pero… es que…

—Si yo pudiera ver bien iría.

—Me asomaré tantito.

—Con cuidadito. Y si algo pasa echas tranca.

—¿Y si no es Tori?

—Asómate. Eso no lo sabremos. Yo lo haría. Pero este cuerpo…

La mujer se dirigió con cuidado hacia la puerta. Tomó el pestillo y la abrió con cuidado. Echó una mirada violenta. Miró a Tori que estaba parado. Observó sus movimientos y parecía sonreír y hablar con las dos luces que aparecían.

—Tori, métete.

—…

—Tori, que te metas a…

—¿Qué pasa, mujer?

—Está parado. No hace nada. ¡Tori, métete!

—…

—Dile que se meta o yo voy por él.

—Tori, métete, por el amor de Dios.

—Yo me levantaría, pero estos achaques no me dejan.

—Está hablando con… parece que le está acariciando.

 

III

 

—¿Qué más hace?

—Se está riendo. Y pos parece que se está orinando. La baba… la baba se le cae.

—Parece que ese chamaco está…

—¡Ahhh! No puedo ver…

—¿Qué fue eso, mujer?

—Tumbó a Tori…. Creo que… le está encajando sus colmillos. Se los vi. Había como una tripa que le colgaba entre los dos ojos que le brillaban… ¡mi Tori!

—Échale tranca a la puerta… se puede meter. Si yo pudiera…

—Tori, mi tori… ¡no, no puedo escuchar!

—Le dije a ese chamaco que se metiera. Seguramente esos sapos lo dejaron ciego…

—¡Mi Tori!

—Mujer, ya no se escucha nada… Asómate con cuidadito. Seguramente esa cosa ya se fue.

—No puedo… mi Tori… mi Tori.

—Si yo pudiera lo haría. Pero estos ojos y este cuerpo ya no sirven.

—Tengo miedo.

—Vé con cuidadito. Sí, así. Abre la puerta con cuidado. ¿Qué ves?

—Es Tori… Está en cuclillas. ¡Es Tori!

—Vé por él, anda. Y cierra la puerta. Si yo pudiera, lo haría.

—Mira… mira… es nuestro Tori, no le pasó nada.

—¡Chamaco! Míranos acá, muriendo de preocupación.

—Estás todo orinado. ¿Qué era eso?

—…

—Déjalo. No quiere hablar.

—¿Qué fue lo que pasó, mi Tori?

—…

—Deja de preguntar y cámbialo porque huele a orines. Tienes razón, mujer. No es bueno salir en la noche. No sabemos qué cosas podemos encontrarnos. Y, ya te he dicho, chamaco: deja de jugar esos sapos. Puedes quedar ciego.

—Ya, no pasa nada. Estamos juntos, los tres. Ya estoy muy cansada. Pos mejor hay que dormir porque mañana habrá que seguirle trabajando.

—Vénganse. Tori, ya no salgas a estas horas.

—…

—Doña Cheba ya comenzó con su ruido.

—¿Estás segura que es ese ruido?

—Pos parece que sí.

—Ese ruido se parece al de hace rato. Sí golpea la puerta; pero no está sola.

—Pos quién sabe, tú.

—Asómate por la ventana… Si yo pudiera, lo haría; pero estos achaques.

—Está gritando más de lo normal. ba ba ba ba ba. Creo que allá están los dos ojos que brillaban apenas hace un ratito.

—Vente, mujer. Dejemos en paz a doña Cheba.

—Hay que dormir.

—Menos mal que nuestro Tori está bien.

—Mi Tori. ¿Ya vieron? Hay una estrella.

—No me digas que es de nuevo eso que estaba hace ratito.

—No. Hay una estrella junto al tejado.

—Casi no la veo. Estos achaques… pero si yo estuviera bien…

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