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Joni: memoria de un terremoto por Véronica Zarate

Joni recuerda el terremoto del 19 de septiembre de 1985 en Tlatelolco, mientras reconstruye, entre anécdotas y tragos en el Bar del Puerto de Acapulco, la memoria de una infancia marcada por la tragedia.

Tres cantaritos de barro pintados a mano sobre la barra del Bar del Puerto, iluminados con luces de colores y con una proyección al fondo.

Joni: memoria de un terremoto

En 2026, Joni es sommelier, mesero, DJ, camarada, personaje, etc. Yo clienta y militante de Bar del Puerto.

Mientras mordemos nuestros bolillos con relleno a él y a mí, nos esperan unos cantaritos estacionados en la barra que mojan sin pudor la madera.

Joni recuerda en este penúltimo domingo de septiembre cómo su madre aparecía y desaparecía del desayunador del departamento 1001, del Edificio 11, décimo piso, Unidad Tlatelolco, en el año 1985, noveno mes, día 19.

“Mamá entraba y salía, se le notaba lo nerviosa, nunca la había visto tan preocupada. Yo estaba sentado en la mesa de la cocina engullendo los huevos con jamón que ella me había preparado para desayunar. Es más, siento como si los tuviera enfrente, los veo, tenían: aguacate, catsup, y un bolillo los acompañaba.

Serían casi las siete, yo entraba a las ocho a la primaria, iba en tercer año, no, miento, había pasado a cuarto, tenía nueve años y algunos meses esa mañana, soy “modelo 76”, Mamá tenía gesto de querer decirme algo y, al fin, con los labios apretados y en tono acongojado me dijo que no me fuera a espantar, que parecía que iba a temblar”.

Juanito termina su bolillo, habla como siempre ilustrando con ademanes, yo acabo minutos después el mío, lamentamos que no haya otros más. Los cantaritos, esos sucedáneos de vasos, pero de barro, que son la novedad del Bar del Puerto, se mantendrán rellenables hasta que el Zaverich se nos termine.

“Todavía no había dado el último bocado a mi desayuno cuando comencé a sentir un mareo parecido al que te queda al bajarte de una lancha, de una embarcación… ese vaivén.

El vaticinio de mamá se había cumplido, como siempre ocurría con sus predicciones. El movimiento llevaba unos segundos. Salimos hacia donde doña Mary, una vecina ya “mayor” que venía de “Shihuahua”, se llevaba muy bien con nosotros. Doña Mary en un principio no encontraba las llaves para abrirnos, la recuerdo gritarnos detrás de su puerta con aquel acento norteño marcado. Ya adentro, mamá y yo nos quedamos en el marco de la puerta de la cocina, el mareo seguía”.

A la merced de el calor de este bar, el más antiguo y aún vigente del puerto de Acapulco, le pregunto al Joni si tuvo escalofríos, sudor, qué cuando su madre lo abrazaba en aquel punto del temblor. Anoto datos al ras de las palabras. El proyector, entre la barra y las botellas, está comenzando su jornada con Juan Gabriel.

“Mi mamá y doña Mary rezaban y rezaban, pasaron lista a toda la corte celestial, yo niño ateo. El edificio se balanceaba y me daba risa algo, no sé, me parecía gracioso, como en aquellos años a los refrigeradores a veces se les ponían llantitas, supongo que para hacer más fácil su limpieza… El refri de doña Mary se movía hasta quedar casi encima de ella y se regresaba, patinaba, y así una y otra vez, era yo un niño, pues la verdad no recuerdo haber estado espantado, lo que sí recuerdo es que no hacía frío”.

Le pido equis canción de fondo a Joni y se me ocurre entre risas un bautizo contextual: “Juanito terremoto”, ese apodo le gusta, me dice que le queda bien. Me levanto por hielos para su jarro y para el mío, con esa sensación de casa, aunque soy clienta, la única, por el horario, domingo antes del meridiano.

“En eso ahora sí empieza el movimiento más maniaco. Las puertas se abrían y se cerraban como si alguien encabronado las estuviera azotando. La pared tronó poquito a poco, y en cámara lenta se fue cuarteando hasta que se cayó el pedazo de donde colgaba un espejo en forma de guitarra. Eso sí se vio de película, comenzaron los efectos especiales. El edificio ahora tenía un agujero.

Desde el depa de doña Mary se alcanzaba a ver parte del nuestro, que era un espejo del de ella, recuerdo bien la imagen del librero de mi papá: perdió el equilibrio hasta estamparse con el piso, como era de madera y vidrio, hizo un estruendo horrible”.

Joni parte un limón y se va acordando de que en aquel librero hubo siempre tentaciones para él, unos juguetes de colección, unos carritos antojables, etc.; que su papá usaba de decoración frente a los lomos de sus ejemplares.

“A pesar de ser yo el único niño de la casa, nunca tuve hermanos. Crecí con muchas reglas, mamá era doña Juanita, la “se ño ra” Juanita, jefa de jefas de guarderías, jefa regional, imagina el orden con el que me educó, así que no, nunca toqué los juguetes de mi padre y esa mañana prácticamente los vi incorporarse al polvo.

Mamá dijo con firmeza “¡para tu ira, Señor, por tanta inocente criatura!” Yo cuando bajaba, siempre, del piso 10, en el que vivíamos, brincaba de ocho en ocho los escalones, porque después de esa cantidad había un descanso en el que los niños de la unidad y yo podíamos aterrizar al estilo olimpiadas. Pues en ese momento, cuando el terremoto era “el terremoto”, me impulsé para salir volando como de costumbre, entonces sentí que con el mismo impulso aterricé pero de nuevo en la cocina de la vecina, ya que mamá me había alcanzado a pescar, no sé si de la camisa, de las orejas, de las greñas, no sé...”

Me río, le digo a Joni que se escucha como si en esa escena no le hubiera importado dejar sola a su madre en medio del movimiento telúrico más emblemático de la nación. Con rapidez líquida me lo confirma. Era supervivencia, pues.

“Había un ruidal, cosas cayendo, voces, golpes. Para entonces las macetas que mamá tenía en las ventanas se movían como si alguien las estuviera agitando exageradamente. Hubo un último estruendo, el más fuerte. El temblor tenía su propio sonido particular, después de eso un silencio que me dejó sordo”.

Siento en mi mano la humedad del jarrito de barro, es el segundo. Juanito pasa la franela por la extensión que le permiten sus brazos sobre la barra. Me dice que su familia y él nunca volvieron a vivir en Tlatelolco, el espacio que significó su primer hogar, que recuperaron algunas pertenencias y que de ahí se mudaron a Bosques de Aragón. También recuerda los momentos posteriores al terremoto y la primera noche después de.

“De pronto un nuevo ruido: ambulancias, gente corriendo, humo, gritos, explosiones a lo lejos. Mamá y yo descendimos de nuestro edificio, mamá se quedó pasmada ante las ruinas del Nuevo León, un edificio que veíamos a diario, yo mismo sentía que estaba soñando, estaba impresionado, pero sentí más miedo con Otis, más temor en Otis que en el terremoto del 85, eso sí.

Había personas saliendo de los escombros, parecían de The Walking Dead, se veían como mojadas, cubiertos de gris, mojados no sé si de su misma sangre que por la polvareda ya no era roja.

En la Plaza de las Tres Culturas estaba la clínica 27 del IMSS, pero la ayuda inmediata no vi que viniera de ahí; en realidad recién sucedido el temblor no vi militares, ni uniformados, había en su mayoría civiles socorriendo, recuerdo también a gente de La Cruz Roja”.

Le pregunto al Joni por su papá, me dice que se llamaba Teodoro, “el te adoro”, que su viejo salía más temprano de casa rumbo al trabajo en las oficinas de Hacienda, por eso no vivieron el terremoto junto a él.

“Dormimos en casas de campaña, eran todas amarillas o naranjas, nuevamente La Plaza de las Tres Culturas sosteniendo sobre sí la tragedia. De cenar nos dieron la mitad de un sándwinch, un juguito y una manzana.

Papá llegó caminando. Comprendimos que no sólo Tlatelolco era el ojo del huracán. Por alguna razón, ya con mi viejo, mamá y él subieron a nuestra casa, después supe que, en esa subida, entró una llamada en el teléfono, ya sabes eran fijos…, era una tía de Acapulco, mamá lloró mucho al contestar”.


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