Cuento | La memoria del viento | Pavel R. Ocampo

LA MEMORIA DEL VIENTO

Por Pavel R. Ocampo

 

Desde que nacen son arrebatados de los brazos de sus madres y llevados a las cunas de cristal, en donde son nutridos con leche sintética, vía intravenosa. Después de algunos días, cuando ellos están seguros de que los bebés resistirán las condiciones atmosféricas, los apartan.

      Los bebés que mueren, o lo que son enfermizos, son siempre acarreados a las calderas magmáticas; ahí son arrojados en peroles para hervirlos y convertirlos en el pastoso caldo que sacia al hambre de ellos, los seres de hueso.

      Los hombres han sido educados como esclavos; hace tiempo que el mundo dejó de pertenecerles. Hace años que la rebelión terminó. Y sin embargo aún llegan los rumores que arrastra el viento —o quizá las memorias que el tiempo le dio a guardar—, en donde se evoca la antigua época: la del hombre.

      Uno escucha al viento y parecería ver esa época a través de los años, tan nítida que se vuelve una agonía para nosotros los reclusos: luz y vastos colores, exceso de movimiento, cosas inverosímiles, gestos increíbles. Y algo sin explicación: grupos de personas de distintas edades y géneros que se buscan entre ellos y que se llaman a sí mismos familia.

      La historia se materializa frente a los ojos de quien escucha: comienza a ver en imágenes a una criatura pensante que por vez primera explora el mundo, en donde después crece, aprende y lucha por un ideal común.

      El viento también toca —y a veces mueve— a aquellos seres, pero parecería que el rumor discurre sobre lo que son para llegar de lleno hasta nosotros: la humanidad; como para empujarnos a sentir algo especial.

      El mensaje está prohibido en nuestras barracas y los de mi especie no están educados para ser sensibles a su contenido. Y sin embargo hay muchos que, a pesar de que no lo sienten, lo entienden. Otros, en cambio, prefieren ignorarlo.

      A los hombres físicamente más fuertes los instruyen en el manejo de su mundo, antes nuestro. Los purgan de la espiritualidad y de la capacidad de amar, y los adiestran como guardias; los enseñan a mantener el orden, a caminar junto a los débiles, como herméticos verdugos que azotan en nombre de razones absurdas como el propio bien a toda persona que lo amerita —y los seres de hueso son los únicos que saben quién lo amerita y cuándo—. Son estos traidores quienes llevan a los muertos y desvalidos hacia los peroles. Sí: traidores. Porque doblegan su voluntad a la sujeción; porque son incapaces de revivir la memoria de sus genes y porque, impíos, niegan la indulgencia del viento. Son ellos los que sirven sin remordimiento los cuencos a esos seres de hueso, a sus tiranos; a nuestros tiranos; son ellos los que ven a sus hermanos sufrir en las celdas de la locura, en donde nos encierran a quienes esparcimos la fe del viento, para azotarnos y torturarnos con la vileza de las brasas o con el sadismo del hielo, incluso por la sola mención de la fe.

      En mi barraca saben que entre las palabras del viento he hallado remanentes de nuestra civilización; aquélla en donde los métodos de comunicación, aunque pobres, habían desarrollado múltiples corrientes léxicas y sintácticas que poco a poco, y gracias a la evolución, derivaron en una inclusión lingüística en nuestros genes; corrientes grabadas como parte del código genético que fueron reafirmándose con el paso de las generaciones. He descubierto (o redescubierto) la naturaleza del hombre: es tan hábil y curioso que incluso se estudió a sí mismo con tal dedicación que llegó a comprender el sistema inmune con el que fue dotado su cuerpo; observó sus propias células y encontró en ellas el código medular con el que está escrito el hombre: en una espiral infinita, construida por dos columnas intrincadas con lazos.

      Vi, con ayuda de los ecos, las grandes construcciones que mi civilización fue capaz de erigir: el espectro de colores, la variedad de las formas, la ostentosa osadía con que el hombre se manifestaba con un rascacielos. El hombre es un conquistador por naturaleza, algunas veces fascinante, y otras aterrador: no descansó hasta surcar los cielos con ayuda de sus inventos; hasta sumergirse en las profundidades oceánicas e incluso viajar más allá de la luna. Pero son muy pocos quienes ahora creen.

      Se sienten ajenos.

      Para muchos, la vida es trabajo: el permiso a seguir respirando este aire nauseabundo, ácido, que el viento a veces se niega a empujar. “La vida es el tiempo que pasa entre salvarse de nadar en el caldo y comenzar a asfixiarse”, dicen, o lloran. Los hombres con esta ideología son despreciables y grotescos. Se sienten resignados a una vida de arduo trabajo cuya única retribución es el permiso de la vida, aunque sea en esta agonía que ya se ha prolongado por tanto tiempo.

      He llegado a preguntarme si es normal tanta crueldad por parte de los seres de hueso y si su especie es violenta por naturaleza. Pero no hay modo de obtener una respuesta.

      Los observé con atención mientras hacía mis deberes y limpiaba sus desechos. Son parsimoniosos; nunca gesticulan. Es difícil entender lo que se dicen de mente a mente. Sus ojos refulgen con el ardor del sol, pero sus frías manos congelan al tacto. De pronto parece que no piensan, que no poseen mayor virtud que la vida misma, y que han logrado dominarnos sólo porque decidimos no luchar más, no oponernos a su invasión y tolerarla por conveniencia. Pero detrás de esos ojos grandes y ovalados, esconden la más terrible de las armas: una telequinesis que es capaz de obligar a tu mandíbula a masticarte eternamente.

      Sólo la esperanza del viento y sus retazos de memorias mantienen a raya la locura. Es en estos retazos que he encontrado los vestigios de nuestra propia lucha: hombres que llegaron promoviendo una fe que había prosperado en otros lugares y compartieron con nuestros gobiernos los secretos de su tecnología; potentes redes de comunicación capaces de transmitir nuestros mensajes a través de grandes distancias; aparatos pequeños a los que dedicábamos gran parte de nuestra vida… Lo pagamos caro; con ignorancia y con un mundo devastado; un mundo, arrasado por nuestra insaciable depredación, que para limpiarse terminó por desaparecer a uno de sus reinos: la fauna.

      El sedentarismo y la ignorancia nos habían vuelto inútiles para la guerra, y perdimos cualquier oportunidad que hubiéramos tenido.

      Entonces llegaron ellos, los seres de hueso. Atacaron a cada uno de nuestros recuerdos inmediatos y desaparecieron aún los más ocultos rescoldos de valor en nuestra cabeza. Supieron someternos y terminaron por desaparecer cualquier evidencia física que nos recordara lo que alguna vez fuimos. Impusieron su mandato y su rutinaria vida, de la que pasamos a formar parte como sus sirvientes: herramientas de trabajo para el hastío.

      Ahora tres de mis hermanos buscan hambrientos castigar a otros. Y nos volvemos incapaces de resistir la permanente penumbra del cielo y el azufre del aire.

      El viento es viejo, y parece que se está cansando. Cada vez somos menos los que podemos escuchar su voz y los que volteamos la mirada con desprecio hacia los seres de hueso.

      Y ni siquiera aquí, congelado en el témpano creado por ellos para castigar a los rebeldes; ni siquiera frente a la multitud de seres humanos, que me mira, con desaprobación o con indulgencia, dejaré de creer en nuestra raza. Porque aunque ellos no lo sepan, somos fuertes, somos inteligentes y jamás nos rendimos.

      Quizá puedan terminar conmigo; utilizar mi cuerpo para mostrar a los otros por qué no deben rebelarse. Y sin embargo, el ser humano se alzará en armas, impulsado por su sed de libertad y su hambre de sueños e ideales.

      Los seres de hueso han sido ingenuos al pensar que conmigo terminará la insurrección, porque la indomable humanidad no conoce límites, y jamás permitirá ceñirse a un mundo en donde no sea gobernante: lo veo en los ojos encendidos de la multitud, que ahora mira desafiante a sus amos.

      Creo en que mi especie se salvará de este cruel mundo, donde hasta las cucarachas han cedido y encontrado su muerte, y en donde nosotros continuamos luchando por las promesas del viento y sus ecos, que, según él mismo nos dice, son nuestro espíritu.

 

 

 

 

 

Pavel R. Ocampo
Pavel R. Ocampo, escritor.

Pavel R. Ocampo (Febrero de 1990) es Ingeniero en Sistemas Computacionales por el Instituto Tecnológico de Acapulco. Como escritor participó en los talleres de narrativa de CulturaAcapulco.

En el 2013 ganó el Premio Nacional de Cuento Corto José Agustín, y en el 2011 el Premio Estatal José Agustín. Ha obtenido menciones honoríficas en el XX Premio FILIJ de Literatura Infantil y Juvenil, en el Quinto y Sexto Premio Nacional de Cuento del SNEST (Sistema Nacional de Institutos Tecnológicos, 2012 y 2013). También fue finalista en el concurso nacional de literatura Gran Angular en el 20014 y ha sido beneficiario del Programa al Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Guerrero (PECDAG) en el año 2013 con el proyecto “Acapulco, respuestas”. Actualmente labora como investigador en una institución nacional dedicada al sector de investigación y desarrollo tecnológico.