Soltar el cuerpo
Por muchos años las playas de Acapulco fueron las únicas que conocía.
Mi preferida por siempre, Caleta. Vendedores incansables entre olas quietas. Catálogos en cartulinas con modelos de trencitas. Tatuajes de mariposas. Rastrillos miniatura, palitas y cubetas en forma de castillos. Los castillos de Caleta no se elevan mucho. Desgajan. Esta no es arena, son más bien piedritas diminutas entre las que se asoman pedazos de mar. Conchitas. Para mí el mar era Acapulco. Para mí el mar era la virgencita acuática vista desde la lancha de fondo traslúcido, el recorrido por la casa del que canta la de la chica del bikini azul, donde se filmó Rambo II, la música viva desde el barco pirata, los delfines malabaristas del Cici, el aceite de coco en botella de Salsa Búfalo, las caminatas sobre la Costera, la pirotecnia como flores abriéndose sobre la bahía en Año Nuevo.
Otras veces, la playa era solo la llanta que llevaba mi papá en la cajuela. Llegaba desinflada, como un trapo triste de caucho que luego inflaba con una bomba que también cabía en la cajuela. La llanta era una cámara de camión. Negra. En el Revolcadero, el mar se estiraba como liga para chicotear olas que te enterraban en remolinos. Pero la llanta aguantaba. Caminabas buscando el hondo del mar y seguía estando bajito, estirado. Allá, adentro, dejaba que las olas me tragaran entre vueltas y vueltas. Y la llanta firme. Girando porque esa es su naturaleza. Girando para obtener el bronceado perfecto. Escuché el chiflido de mi padre. El chiflido de emergencia, el que ordenaba regresar para ponernos a su vista. Con la misma vista solía dejarnos ir. El mar se revolvía como una nieve de limón dentro de su garrafa. Esta vez, quise usar mis manos como aletas, quise patalear muy fuerte para seguir el rumbo de dónde provenía el chiflido. Pero el mar era el mar, era el fondo de un raspado de grosella chupado desde un popote. El mar. Dando vueltas y vueltas. El chiflido permanecía. Su eco daba de vueltas por mis tímpanos y quedó ahí rebotando. Era chistoso que un sonido revoloteara dentro de tus orejas como viento estancado. Agitado y prisionero. Entre tanto, nos estábamos perdiendo del atardecer. Ese era el Acapulco dorado, el de las nubes brillantes, palpitantes. Allá estaba el sol más grande que de costumbre. ¿Qué habría allá, del otro lado? ¿Hasta dónde llegaría la llanta si se le dejase libre? Pasaría por vientos. Pasaría por lluvias. Y alguna vez volvería a tocar tierra. Una que no conocía, porque yo solo conocía Acapulco y porque para mí el mar era Acapulco. Había tiempo para pensar si también habría un Acapulco del otro lado. Un Acapulco invertido que proyectara el sol en vez de recibirlo, que soplara fuerte y que revolviera las nubes. Un Acapulco envidioso que nos aventara las olas, y que, sin proponérselo, nos hiciera así de felices. El chiflido se hizo viento.
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Barcelona es un pueblo bonito con metro y mar. Los catalanes dicen que la Barceloneta es fea, me recomiendan la Costa Brava o cualquier playa del norte, sin turistas ni contaminación. A los de aquí no les gustan los turistas, pero les gusta Gaudí. Y cómo no, si sus muros se escurren. No hay líneas. Solo bóvedas, solamente arcos. Las rocas areniscas brotan como chorros de agua. Llegué en invierno y por las tardes después del trabajo corría frente al mar. Desde el Museo Naval a la Barceloneta. Y si iba de ánimo llegaba hasta el Museo de Ciencias Naturales. No me atrevo a meter un pie al mar. El agua es fría, el aire violento y las tardes prontas. Sin embargo, su paisaje resulta una grata compañía para correr.
Esta mañana me di cuenta de que ya era verano. Desayuné una ciruela y salí a correr. El sol ya quemaba y quizás no iba tan hidratado. Un golpe de calor impactó en mi nuca como un sartén hirviendo. Caí sobre la arena. Tantos turistas y ninguno me vio. Mi boca se llenó de arena amarilla y me perdí. Desperté cuando un balón de voleibol chocó con mi cabeza. Escupí algo de arena y me arrastré como pude. Al mar. Ve al mar. Estaba cerca. Metí un pie. Una voz a lo lejos me advirtió sobre las medusas. Seguí caminando a pesar del golpe de las olas y entré al mar. Era fresco. Me devolvió un poco de vida. Otra ola más fuerte me tumbó y sin percatarme creo haberme rendido. Solté el cuerpo y el mar me llevó hasta una mano que me tomó del hombro. Debería alegrarte sentir a alguien. Este alguien no era humano. Era una medusa cabezona flotando a placer. Por inercia me alejé, no sé si pataleando. Una llanta apareció junto a mí. En esos momentos, uno no debería tener tiempo para pensar en cómo una vieja cámara de camión habría llegado hasta ahí. Más extraño habría sido tratar de comprender cómo es que la llanta vendría montada por un niño que me extendía la mano. Me apoyé en él y en su llanta. Juntos salimos del mar. Nos sentamos en la arena. Las nubes se detuvieron frente al sol, nos regalaron una tregua en forma de sombra.
Y ahí, sentados frente al mar, se extendió el eco de un chiflido. Cuando quise agradecerle al niño, había desaparecido. A lo lejos, sobre el mar, apenas noté su llanta perderse diminuta como un grano de sal.
Entre nosotros se abría un precipicio que se estiraba, y una vez que llegara a su límite, habría de contraerse hasta volvernos uno.
