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Nanda jáñù: La piel del mundo por Jalil Mosso Castrejón

"Nanda jáñù: La piel del mundo explora la memoria cultural, lingüística y musical de los pueblos Mè'phàà (Guerrero) y Sutiaba (Nicaragua), conectados por el culto a Xipe Tótec y la cosmovisión de la piel como umbral de transformación."

Collage fotográfico de una danza ritual con jóvenes en movimiento, un músico con sombrero e instrumento de viento, y elementos simbólicos de plumas y vegetación sobre un paisaje montañoso en blanco y negro con detalles de color.

Nanda jáñù: La piel del mundo

Lengua, música y territorio en la memoria de los pueblos Mè'phàà y Sutiaba

Entre la Montaña de Guerrero y las planicies del Pacífico nicaragüense persisten palabras que parecen reconocerse a la distancia. Algunas sobreviven en la música, otras en los nombres de las danzas o en la memoria de los pueblos. Nagzdagañu, en lengua sutiaba; Nanda jáñù, en lengua mè'phàà. Ambas evocan la muerte, pero también el tránsito. Ambas parecen guardar la memoria de un antiguo horizonte cultural donde la piel no era únicamente parte del cuerpo, sino una forma de comprender el tiempo, el territorio y la renovación de la vida.

Xipe Tótec, "nuestro señor el desollado", ocupa un lugar fundamental en la memoria religiosa de los antiguos pueblos de la Montaña de Guerrero. Su presencia quedó registrada en documentos pictográficos como el Códice Azoyú I y en las crónicas tempranas de la época colonial, que permiten rastrear la profundidad histórica de un culto cuyos orígenes se remontan a siglos anteriores a la llegada de los españoles.

El nombre con el que hoy se le conoce proviene del náhuatl: Xipe deriva del verbo xipehua, "desollar" o "quitar la piel", mientras que Tótec significa "nuestro señor". Más allá de la traducción literal, la imagen del dios remite a una de las ideas más poderosas de la cosmovisión mesoamericana: la transformación de la vida a través de la renovación. La piel desprendida no representaba únicamente la muerte, sino también el surgimiento de una nueva existencia, del mismo modo que la semilla rompe su cubierta para germinar o la tierra reverdece con la llegada de las lluvias.

Entre los antiguos tlapanecos —hoy conocidos como mè'phàà— el culto a Xipe Tótec formaba parte de un complejo sistema religioso en el que convivían diversas deidades asociadas a la lluvia, la fertilidad, la guerra y los ciclos agrícolas. Las representaciones conservadas en códices y relatos coloniales muestran a gobernantes investidos con atributos divinos, reflejo de una concepción en la que el poder político y el orden sagrado se encontraban estrechamente vinculados.

Las ceremonias dedicadas a Xipe Tótec se realizaban durante el periodo de renovación agrícola y estaban asociadas a rituales de gran carga simbólica. Las fuentes describen prácticas de sacrificio humano y el uso ritual de la piel de las víctimas, elementos que han sido interpretados como una representación del renacimiento de la vegetación y de la fertilidad de la tierra. La piel desprendida simbolizaba la envoltura vieja que debía abandonarse para permitir el surgimiento de una nueva vida, una metáfora agrícola que aparece de manera recurrente en distintas tradiciones mesoamericanas.

La Montaña de Guerrero fue uno de los principales centros de veneración de esta deidad. Desde allí, el culto a Xipe se extendió hacia amplias regiones de Mesoamérica. Su influencia alcanzó a los pueblos yopes de la Costa Chica y, con el tiempo, fue incorporada por los mexicas, quienes le otorgaron un lugar destacado dentro del conjunto ceremonial de México-Tenochtitlan. En el recinto sagrado conocido como Yopico, "lugar de los yopes", se celebraban ceremonias anuales dedicadas al dios, evidencia de la importancia que había adquirido una tradición religiosa cuyo arraigo parece encontrarse en los territorios del actual Guerrero.

La expansión de su culto revela que Xipe Tótec fue mucho más que una divinidad local. Su figura encarnó una concepción mesoamericana de la regeneración, donde la muerte y la vida no eran realidades opuestas, sino momentos complementarios de un mismo ciclo. En los pueblos de la Montaña, esa antigua idea de transformación continuó resonando durante siglos, dejando huellas que todavía pueden rastrearse en la memoria ritual y simbólica de la región.

En la Montaña de Guerrero, la memoria no siempre se conserva en los documentos. A veces permanece en los nombres, en los sonidos de una danza o en las palabras que sobreviven al paso de los siglos. Entre los pueblos mè'phàà existe una antigua relación entre la piel, la transformación y la continuidad de la vida, una concepción que puede rastrearse tanto en la lengua como en las expresiones rituales que han llegado hasta nuestros días.

Las fuentes coloniales identificaron a los antiguos habitantes de esta región con el nombre de yopes, un término asociado al acto de desprender o arrancar. No es casual que los cronistas vincularan a estos pueblos con el culto a Xipe Tótec, la deidad conocida como "Nuestro Señor el Desollado", cuya presencia se encuentra documentada en códices, relatos históricos y vestigios arqueológicos del actual territorio guerrerense. Sin embargo, detrás de las descripciones centradas en el sacrificio existe una dimensión más profunda: la idea de que toda renovación exige una transformación.

La piel desprendida que aparece en los relatos mesoamericanos no representaba únicamente la muerte. Era también una imagen del cambio. Así como la tierra abandona la sequedad para recibir las lluvias o la semilla rompe su envoltura para germinar, la piel simbolizaba el tránsito entre un estado y otro. La vida surgía de aquello que parecía muerto.

Esta antigua visión del mundo encuentra resonancias en una de las expresiones musicales más enigmáticas del sur de Mesoamérica: Nagzdagañu. Conservada entre los sutiaba de Nicaragua y relacionada con antiguas tradiciones de la Montaña de Guerrero, esta música constituye una huella de los desplazamientos históricos de los pueblos identificados como yopes. Más que una simple danza ceremonial, representa una forma de diálogo con las fuerzas que gobiernan el ciclo de la existencia, la enfermedad, la muerte y la renovación.

Las semejanzas lingüísticas entre el término sutiaba Nagzdagañu y ciertas expresiones conservadas en la lengua mè'phàà sugieren la persistencia de una memoria compartida que sobrevivió a la conquista, a los desplazamientos territoriales y a los procesos de fragmentación cultural. Lo que permanece no es únicamente una palabra o una melodía, sino una manera de comprender el mundo.

Quizá por ello las antiguas músicas rituales continúan ocupando un lugar especial dentro de la memoria comunitaria. En ellas convergen historia, territorio y cosmovisión. Son vestigios vivos de un tiempo en el que la música no era únicamente una forma de expresión artística, sino también una ofrenda, un lenguaje ceremonial y una manera de nombrar las transformaciones de la vida.

Escuchar hoy estas melodías es acercarse a una memoria que no ha desaparecido. Como las huellas apenas visibles bajo una capa de tierra, siguen ahí, recordándonos que los pueblos indígenas conservan parte de su historia en aquello que cantan, en aquello que bailan y en aquello que todavía son capaces de nombrar.

La relación entre los pueblos mè'phàà de la Montaña de Guerrero y los sutiaba de Nicaragua no pertenece únicamente al terreno de la tradición oral. Diversos estudios lingüísticos han señalado que ambas lenguas forman parte de una misma familia lingüística. El investigador Abad Carrasco Zúñiga señala que la lengua mè'phàà se encuentra emparentada con el sutiaba, también conocido en distintas fuentes como orotiña, orotina, cuascalá o nangrandano, una lengua que se habló históricamente en la costa del Pacífico nicaragüense.

Esta filiación lingüística adquiere una dimensión histórica más amplia cuando se observa que los antiguos hablantes del sutiaba fueron identificados con diversos nombres a lo largo del tiempo. Hubert Matiúwàa recuerda que en Nicaragua los mè'phàà fueron conocidos como maribios, sutiabas, nagradanos, cuascaleños y sindio, conservándose hasta nuestros días principalmente el nombre de sutiaba para designar a los descendientes asentados en la región de León.

Los nombres con los que un pueblo es identificado suelen revelar relaciones de poder, migraciones y procesos de dominación. En el caso de Sutiaba, la denominación más difundida proviene del náhuatl, lengua que durante siglos sirvió como vehículo para nombrar a numerosos pueblos de Mesoamérica. Existen diversas interpretaciones sobre el significado de esta palabra, pero detrás de ese nombre persiste otro menos conocido: Sindio.

De acuerdo con los testimonios recopilados por Baltazar Gutiérrez, Sindio era la forma con la que los propios maribios se nombraban y puede traducirse como "antiguos escultores". La importancia de esta denominación radica en que conserva una memoria propia, distinta de los nombres impuestos desde otras lenguas o desde las administraciones coloniales.

Sin embargo, la historia del pueblo sutiaba también es la historia de una lengua perseguida. Los testimonios recuerdan que hubo un tiempo en que hablar sutiaba en espacios públicos podía ser motivo de castigo. La discriminación lingüística fue tan profunda que muchas familias dejaron de transmitir su idioma a las nuevas generaciones para evitar represalias. Con el paso de los años, aquella interrupción provocó el debilitamiento y posterior desaparición de la lengua como medio cotidiano de comunicación.

Aun así, las lenguas indígenas rara vez desaparecen por completo. Permanecen en los nombres de los lugares, en ciertas expresiones rituales, en la música y en la memoria colectiva de los pueblos. La relación entre el mè'phàà y el sutiaba constituye una de esas huellas persistentes que permiten reconstruir antiguas rutas de movilidad, intercambio y parentesco cultural a lo largo del Pacífico mesoamericano.

Más que un dato lingüístico, este vínculo nos habla de una historia compartida. Nos recuerda que las fronteras actuales no existían cuando nuestros antepasados construyeron redes de intercambio, parentesco y conocimiento que conectaban la Montaña de Guerrero con territorios que hoy forman parte de Nicaragua. En esas conexiones antiguas sobreviven fragmentos de una memoria que la lengua todavía es capaz de revelar.

La pigmentación de la piel del mundo

Los antiguos Mè'phàà, identificados en numerosas fuentes coloniales como yopes, parecían comprender el cuerpo no como un límite cerrado, sino como una superficie de relación. La piel era el lugar donde se encontraban la persona, el territorio y las fuerzas que daban movimiento al mundo.

Diversos registros históricos muestran a personajes con el cuerpo cubierto por pigmento rojo ocre, aplicado desde el rostro hacia el resto del cuerpo y dejando libres las manos y los pies. Desde una lectura contemporánea de la filosofía mè'phàà, esta práctica puede entenderse como una ofrenda de la piel en vida, una forma de habitar el mundo bajo la protección de Mbatsuun, conocido en otras regiones de Mesoamérica como Xipe Tótec. Más que un simple ornamento corporal, el color transformaba el cuerpo en territorio sagrado.

La iconografía conservada en códices como el Tudela muestra también una franja oscura bajo los ojos de ciertos personajes asociados a esta tradición religiosa. Vista desde categorías occidentales, podría interpretarse como un rasgo decorativo o guerrero. Sin embargo, desde la reflexión mè'phàà, esa marca parece evocar otra cosa: una representación del tránsito. El ojo como imagen del Sol; la franja oscura como la noche que lo acompaña. El rostro se convierte entonces en horizonte, en el espacio donde dialogan la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, el tiempo seco y el tiempo de lluvias.

Bajo esta lógica, los Xi'ñá no aparecen como figuras asociadas exclusivamente a la muerte, sino como habitantes del umbral. Seres capaces de transitar entre distintos estados de existencia, mediadores entre mundos que no se encuentran separados por una frontera absoluta. La muerte deja de ser una ruptura definitiva para convertirse en parte de un ciclo continuo de transformación, semejante al paso de las estaciones o a la renovación periódica de la tierra.

La piel ocupa un lugar central dentro de esta concepción. No es casual que numerosos rituales agrícolas y ceremoniales estén relacionados con procesos de cambio, desprendimiento y renovación. Los Xtá Ratsá, conocidos como "los de la piel pelada", remiten precisamente a esta relación entre el cuerpo y los ciclos que sostienen la vida comunitaria. Su presencia en ceremonias de petición de lluvias y agradecimiento por las cosechas revela una antigua asociación entre la fertilidad de la tierra y la capacidad de regeneración de la piel.

El color rojo continúa siendo una de las expresiones más visibles de esta memoria. Como señala Abad Carrasco, la región de la Montaña conserva abundantes referencias territoriales vinculadas a esta tonalidad. Nombres de pueblos, cerros, lugares ceremoniales y espacios sagrados remiten constantemente a la presencia de la tierra roja y a la figura de Àkùùn Máñaán, la deidad roja identificada con Xipe Tótec. La importancia simbólica del color se extiende también a los textiles, a las flores y a múltiples elementos de la vida cotidiana, configurando una geografía sagrada donde el rojo parece formar parte de la propia identidad del territorio.

La música participa igualmente de esta antigua red de significados. Entre las expresiones ceremoniales asociadas a la piel se encuentra Xtá Ratsá, acompañada tradicionalmente por tambor y flauta de carrizo. Aunque parte de este repertorio fue documentado por Carl Hermann Berendt en 1861, su origen es considerablemente más antiguo. Estas melodías forman parte de un complejo universo ritual vinculado a la agricultura, al tiempo ceremonial y a la renovación de la vida.

Las huellas de esta tradición musical no permanecieron únicamente en la Montaña de Guerrero. A través de los desplazamientos históricos de los pueblos identificados como yopes, diversos elementos rituales alcanzaron territorios de la actual Nicaragua, donde entraron en diálogo con expresiones conservadas por los sutiaba. Nombres de danzas, cantos y ceremonias registrados en documentos históricos permiten vislumbrar una antigua red cultural que unía regiones hoy separadas por miles de kilómetros, pero vinculadas por una memoria compartida.

Quizá por ello el pigmento rojo, la piel, la música y la danza aparecen una y otra vez dentro de estas tradiciones indígenas. No son elementos aislados. Forman parte de una misma visión del mundo donde el cuerpo reproduce los ciclos de la tierra y donde la transformación constituye una condición necesaria para la continuidad de la vida.

El pigmento como umbral: mi lectura de la marca en la piel de los antiguos guerreros

He seguido durante años el rastro de una mancha de pigmento. No la que se encuentra en los libros de historia, sino la que habita en la memoria de mi pueblo, los mè'phàà, la Gente Piel. Esa marca ocre que los antiguos yopes plasmaban alrededor de sus ojos, y que el Códice Tudela registró como un rasgo étnico sin explicación, es para mí mucho más que un dato arqueológico. Es la huella de una forma de entender el ser en el mundo.

Mi teoría parte de una convicción: el pigmento no era un adorno. Era un marcador de tránsito. Los antiguos mè'phàà concebían el cuerpo como una superficie de relación, no como un límite cerrado. La piel era el lugar donde se encontraban la persona, el territorio y las fuerzas que daban movimiento al mundo. Por eso, pintar la piel era participar activamente en la transformación del mundo.

El pigmento ocre que envolvía los ojos como un antifaz —dejando el resto del rostro libre— simbolizaba la transición. El paso del día a la noche. El cambio de las secas a las lluvias. La renovación de la tierra que, como la piel, se desprende para volver a nacer. El pigmento empezaba en el cuello y cubría todo el cuerpo, dejando libres manos y pies. No era casualidad: manos y pies son los instrumentos de acción y contacto con el mundo. Lo que se marcaba era la totalidad del ser en su relación con el territorio.

Había entre ellos quienes llevaban esta marca con una distinción especial: los Señores Amanecer. Bajo el antifaz ocre se pintaban una línea negra que hacía alusión a su nombre. La línea negra era la noche. Sus ojos, flanqueados por el ocre del amanecer, eran el sol que nacía. El rostro se convertía así en horizonte, en el punto donde dialogan la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, el tiempo seco y el tiempo de lluvias. Eran hombres que ya habían cruzado el umbral.

Esa misma lógica la encuentro hoy en los Xi'ñá, los sabios o rezanderos de nuestra tradición. Ellos no son figuras de muerte en sentido occidental. Son entidades de umbral: habitantes de dos pieles. Hablan entre la piel por el frente y la piel volteada. Median entre el mundo de los vivos y el de los muertos. La muerte no es ruptura, sino paso —como el tránsito entre secas y lluvias— dentro de un ciclo continuo donde la piel, el tiempo y el territorio se confunden.

La danza de los Xtá Ratsá, los de la piel pelada, conserva esta memoria. En tiempos prehispánicos, los guerreros se pintaban el cuerpo de esta manera no para ser vistos, sino para ofrecerse. Su piel era el lienzo de un sacrificio que aún no se había consumado. La danza era una escenificación de la batalla, pero también una ofrenda a Xipe Tótec, el Señor Desollado, cuya deidad —Àkùùn Máñaán en nuestra lengua— nació en nuestra tierra. El guerrero que partía a la guerra sabía que su cuerpo pintado era una ofrenda. Que su piel era la piel del mundo que se renovaba a través de su entrega.

Por eso el pigmento no es para mí un simple rasgo étnico. Es una clave. Es la marca de una cosmovisión que entiende la vida como un ciclo continuo de muerte y renacimiento. Es la huella de un pueblo que supo que la piel no es un límite, sino un umbral. Que supo que, como la tierra, también nosotros cambiamos de piel para seguir viviendo.

Somos la piel del lugar donde vivimos. Y cuando nos pintamos, recordamos que el mundo también se renueva.

La cordillera de los desollados: memoria de guerra y transformación en el Pacífico nicaragüense

En el occidente de Nicaragua, entre los departamentos de León y Chinandega, se alza una formación montañosa de origen volcánico que los antiguos pobladores conocieron como su territorio. La Cordillera de los Maribios se extiende a lo largo de unos 60 kilómetros, con picos imponentes como el Volcán San Cristóbal, que alcanza los 1,745 metros de altura, y el Momotombo, cuya silueta ha sido testigo de siglos de historia indígena.

Su nombre proviene de los maribios, el grupo al que pertenecían los sutiabas, y es la huella más visible de un pueblo que supo defender su territorio con una ferocidad que aterrorizó a los españoles. Entre 1525 y 1529, durante la conquista de Nicaragua, los guerreros maribios ofrecieron una resistencia indígena tan feroz que los invasores bautizaron la región como "la provincia de los desollados". No era un nombre gratuito: los maribios desollaban a los españoles que lograban matar en batalla, y se vestían con sus pieles. Para los conquistadores, aquello era una muestra de barbarie. Para los maribios, era un acto de guerra y de ritual, una práctica profundamente enraizada en una cosmovisión que entendía la piel como un símbolo de poder, transformación y conexión con lo sagrado.

Esa práctica no era un invento local. Estaba directamente vinculada al culto a Xipe Tótec, el Señor Desollado, cuya influencia había llegado a Nicaragua siglos antes a través de las migraciones de los pueblos yopes desde la Montaña de Guerrero. Arqueológicamente se documentó que, al igual que en la Montaña de Guerrero el culto dedicado a Xipe, los guerreros maribios se vestían con las pieles de los prisioneros capturados en combate. Vestir la piel del enemigo no era un acto de barbarie, sino una forma de apropiarse de su fuerza, de absorber su espíritu y de vincularse con la deidad de la renovación. Era la misma lógica que animaba a los jóvenes guerreros a desollar a los ancianos: la piel como vehículo de transmisión, como armadura contra el miedo, como puente entre mundos.

La lingüística confirma lo que la memoria oral ha conservado durante siglos: el subtiaba, la lengua de los maribios, se separó del tlapaneco (Mè'phàà) alrededor del año 1200 d.C. Los pueblos de la Montaña de Guerrero y los maribios de Nicaragua comparten un origen común. La cordillera que lleva su nombre es la prueba de que esa memoria no se ha perdido del todo. Cada volcán, cada sendero, cada piedra guarda el eco de aquellos guerreros que se pintaban el cuerpo para la batalla, que se ofrecían a la deidad del desollamiento convencidos de que la muerte era el umbral de la vida.

La Cordillera de los Maribios no es solo una cadena montañosa. Es un monumento a la resistencia de un pueblo que supo defender su territorio con las armas y con el cuerpo, que entendió la piel como un símbolo de poder y transformación. Y en sus faldas, en sus vientos y en sus volcanes, persiste la memoria de los desollados, el eco de una tradición mesoamericana que cruzó el mar y que hoy sigue viva en la lengua, en las danzas y en el territorio de los pueblos Mè'phàà y Sutiaba.

La música de la piel

En 1861, el médico y lingüista alemán Carl Hermann Berendt transcribió una melodía que identificó con el nombre de Xiu-Sutiaba. Más de siglo y medio después, aquella partitura continúa siendo una de las pocas huellas sonoras que permiten asomarse al universo ritual de los antiguos pueblos maribios o sutiabas de Nicaragua.

Las fuentes históricas señalan que esta música estaba relacionada con el culto a Xipe, deidad asociada a la renovación de la vida y a la transformación de la piel. Según diversas tradiciones registradas en territorio sutiaba, el dios se desprendió de su propia piel para permitir el nacimiento de la humanidad. La imagen no habla únicamente de sacrificio; habla también de germinación. Para que algo nuevo aparezca, algo antiguo debe desprenderse. La vida surge del desprendimiento.

Quizá por ello los conquistadores españoles describieron parte del territorio nicaragüense como la "provincia de los desollados", impresionados por rituales indígenas que no alcanzaban a comprender plenamente. Detrás de aquellas prácticas existía una filosofía mesoamericana mucho más compleja, donde la piel representaba la frontera entre distintos estados de existencia.

Entre los Mè'phàà de la Montaña de Guerrero persisten ideas semejantes. La palabra xtá significa piel, pero también remite a una forma de comprender el mundo. En nuestra lengua mè'phàà encontramos expresiones como Xtúajen, literalmente "piel de muerto", nombre que recibe el conejo. No se trata de una asociación arbitraria. Como ocurre en numerosas tradiciones indígenas, los nombres conservan fragmentos de antiguas formas de pensamiento que continúan habitando la memoria lingüística.

La memoria de estos vínculos culturales también aparece en la música. En Nicaragua nos nombraron maribios, sutiabas, nagradanos, cuascaleños o sindio. En Guerrero permanecimos como Mè'phàà. Los nombres cambiaron, pero la memoria sobrevivió. Entre ambos territorios persisten palabras, rituales y sonoridades que sugieren una historia compartida a lo largo de la costa del Pacífico.

Una de esas huellas es Nagzdagañu. En registros sutiabas ha sido traducida como "baile de la muerte" o "vientos del sur". Entre los Mè'phàà encontramos una expresión sorprendentemente cercana: Nanda jáñù, "me quiere agarrar la enfermedad" o "me quiero morir". Más allá de la semejanza fonética, ambas expresiones parecen remitir a una misma experiencia ritual: el tránsito entre la vida y la muerte, entre la enfermedad y la recuperación, entre un estado y otro de existencia.

La propia palabra Nagzdagañu constituye una pista sobre las relaciones históricas entre los pueblos sutiaba y mè'phàà. Diversos registros, entre ellos el Rabinal Achí, la traducen como "baile de la muerte" o "vientos del sur". Entre los Mè'phàà encontramos expresiones que guardan una notable cercanía fonética y semántica: Nanda jáñù, "me quiere agarrar la enfermedad" o "me quiero morir", y Ni jáñù, "se muere".

Más allá de la coincidencia lingüística, estas semejanzas parecen conservar la memoria de antiguos vínculos entre pueblos hoy separados por las fronteras nacionales. Las correspondencias entre palabras relacionadas con la enfermedad, la muerte y la transición sugieren la persistencia de un fondo cultural compartido que sobrevivió a los desplazamientos históricos y a la fragmentación territorial ocurrida tras la Conquista.

En este contexto, Nagzdagañu puede entenderse no solamente como el nombre de una danza o de una pieza musical, sino como una expresión asociada al tránsito entre distintos estados de existencia. La muerte, lejos de representar un final absoluto, aparece integrada a una concepción cíclica del tiempo, semejante a la transformación de la tierra entre la sequía y las lluvias o al desprendimiento de la piel que permite el surgimiento de una nueva vida.

Las resonancias entre el sutiaba y el mè'phàà constituyen así una huella de los antiguos caminos recorridos por los pueblos yopes, cuya memoria permanece viva en la lengua, en la música y en las prácticas rituales conservadas a ambos lados del Pacífico mesoamericano.

Nanda jáñù no es una celebración de la muerte. Es el reconocimiento de que toda vida se encuentra en movimiento. Como el paso del día hacia la noche o la transformación de la estación seca en temporada de lluvias, la existencia se sostiene sobre cambios permanentes. La muerte aparece entonces como parte de un ciclo más amplio de transformación.

Esta misma lógica se encuentra en la danza Xtá Ra'tsá, "piel pelada", una de las expresiones rituales más antiguas conservadas entre los Mè'phàà. Los registros históricos indican que se realizaba en honor a Xipe Tótec para agradecer la fertilidad de la tierra y la continuidad de la vida. Los participantes cubrían sus cuerpos con pigmentos oscuros, portaban lanzas y escenificaban antiguos combates acompañados por tambora y flauta de carrizo.

Con el tiempo, la ceremonia fue transformándose. En algunos lugares quedó incorporada a festividades católicas; en otros recibió nuevos personajes y nuevas narrativas. Sin embargo, debajo de esas capas históricas permanece una memoria más antigua: la relación entre la piel, la agricultura, la guerra y la renovación del mundo.

Existen testimonios de danzas semejantes en territorio sutiaba, donde centenares de jóvenes participaban pintados y armados con instrumentos de combate. Estas coincidencias culturales no constituyen una prueba definitiva de continuidad cultural, pero sí sugieren la persistencia de un mismo horizonte simbólico entre pueblos separados hoy por miles de kilómetros.

La historia oficial suele presentar a los yopes como un pueblo derrotado y desaparecido. Sin embargo, las lenguas indígenas, las danzas y las músicas cuentan otra historia. Hablan de una memoria que sobrevivió a la conquista, a las migraciones forzadas y a siglos de negación. Una memoria que continúa respirando en la Montaña de Guerrero y en las comunidades sutiabas de Nicaragua.

Quizá por eso la piel ocupa un lugar tan importante dentro de estas tradiciones indígenas. No es únicamente una parte del cuerpo. Es la superficie donde se inscriben el territorio, la historia y la identidad. Somos la piel del lugar que habitamos. Cuando la tierra es herida, nuestra propia piel se resiente. Cuando el territorio indígena desaparece, también desaparece una parte de nosotros mismos.

Las antiguas músicas de tambor y flauta todavía recuerdan esa enseñanza. Nos hablan de un pueblo que aprendió a sobrevivir cambiando de piel sin perder la memoria. Un pueblo que continúa nombrando su existencia a través de la música, incluso cuando la historia ha intentado silenciarlo.


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