VOLVER: memoria, cuerpo y resistencia tras el cierre de la exposición de Luis Vargas Santa Cruz
La exposición “VOLVER, bitácora de un cuarto de siglo” de Luis Vargas Santa Cruz no terminó el 10 de abril: se quedó instalada en la memoria de quienes la recorrieron.
Durante poco más de un mes, el Museo Fuerte de San Diego se convirtió en un espacio de confrontación directa entre el arte y las heridas abiertas de Guerrero. No fue una muestra cómoda. No fue decorativa. Fue un ejercicio frontal que obligó a mirar de frente la historia, el cuerpo, la violencia y la urgencia de no olvidar.
A lo largo de su exhibición, distintas voces —artistas, académicos, creadores— coincidieron en algo esencial: la obra de Vargas no se contempla, se enfrenta. Incomoda, interpela, sacude.
El director de escena y poeta Gabo Brito la definió como una obra de denuncia, atravesada por una crítica contundente a una sociedad que ha aprendido a ser indiferente. En la misma línea, el maestro Ramón Gracida subrayó la presencia de temas como la desaparición forzada y la Guerra Sucia, heridas que siguen abiertas en el presente de Guerrero.
Desde otra perspectiva, Hugo Ozuna habló del caos como una forma de entender la realidad, mientras que Linaime Reyes encontró en las piezas un diálogo profundo con la memoria, la pérdida y la reconstrucción, especialmente tras el paso del huracán Otis. En ese punto, la obra dejó de ser representación para convertirse en testimonio vivo.
En voz del propio artista, el proceso creativo rompe con cualquier idea convencional de la pintura. Vargas no busca la perfección: la destruye. Raya, interviene, superpone, hiere la superficie. Integra materiales diversos —óleo, café, carboncillo, calcita— para provocar algo más que una imagen: una reacción visceral.
En su obra, el cuerpo no es forma: es territorio. Es memoria. Es campo de conflicto. Las series vinculadas a la Guerra Sucia colocan al espectador frente a imágenes que hablan de represión, desaparición y violencia estructural. Aquí no hay distancia posible: el espectador queda implicado.
Pero VOLVER también fue una expansión. El color como detonador emocional, la abstracción como lenguaje, la tridimensionalidad como extensión del gesto. En estos 25 años de trabajo, Vargas demuestra que su búsqueda no se detiene: se transforma, se tensa, evoluciona.
Uno de los gestos más poderosos de la exposición fue aceptar el paso del tiempo como parte de la obra. Piezas intervenidas por el desgaste o por fenómenos como el huracán Otis fueron asumidas así, sin correcciones. La herida no se borra: se integra. La memoria no se limpia: se confronta.
Al cerrar sus puertas el 10 de abril, la exposición no concluyó: dejó preguntas abiertas, dejó incomodidad, dejó reflexión.
Porque si algo dejó claro VOLVER es que el arte, cuando es honesto, no se agota en la sala. Permanece. Insiste. Regresa.
