Narrativa Joven Guerrerense: José Luis Zapata

CP (PI)

Cuento de José Luis Zapata

 

Para cuando hubieron terminado ella tenía la piel como lija y su respiración era intensa; él, por el contrario, bajó su erección incluso antes de quitarse el condón, se puso boca arriba al lado de ella y mantuvo los ojos abiertos todo el tiempo que ella estuvo jadeando para respirar. La televisión estuvo encendida, él veía las noticias.

Siempre eres increíble –dijo ella− ¿te gustó?

Sí –contestó él. Y se volteó dándole la espalda. Por eso que ella pudo mirar una cicatriz en la parte baja de sus costillas, casi llegando al riñón.

Todos estos años de matrimonio y jamás te había visto esa cicatriz en la espalda.

Es porque siempre lo hacemos contigo arriba –declaró él.

¿Cuándo te la hiciste?

Es muy vieja –dijo− tanto que ya no lo recuerdo. Debió ser cuando yo era muy pequeño.

Lástima que tu madre ya no esté con nosotros –agregó lamentándose− ella seguro nos hubiera contado qué fue lo que te pasó ¿cómo pudo descuidar a un pequeño bebé indefenso…? en fin, ponte la pijama, apaga la tele y duérmete ya. Mañana tenemos que ir a verla.

***

Pablo Infante y su esposa Carolina Pérez, acompañados por un grupo pequeño de familiares, fueron a buscar la cripta para empezar los rituales tradicionales que como familia tenían. Al colocar las flores sobre la loza de mármol comenzó el silencio: un minuto por cada año que su madre llevaba muerta, y durante esos cinco minutos todos los asistentes debían pensar en algunos buenos recuerdos que les hubieran pasado con la difunta.

Así algunas ancianas recordaron su compañía, las jóvenes recordaron los buenos consejos; Carolina Pérez habría de recordar los tantos momentos y tan pocos años que compartieron juntas, cuando Pablo y Carolina apenas empezaban el noviazgo, y se convirtieron en buenas amigas. Ella lloraba –en silencio− más que los otros asistentes.

Pablo Infante no lloraba, ni siquiera pensaba en su madre. Durante los minutos de silencio él se quedó mirando la escultura de un ángel femenino que con sus ropajes holgados enseñaba los hombros desnudos y las clavículas marcadas. Eso despertó algo en él y se quedó pensando en ello hasta que regresaron a su hogar. Esa noche, Pablo Infante entró al baño de su recamara, con su celular en la mano, y pasó ahí 25 minutos mientras su esposa dormía en la cama.

***

En el futuro, Pablo Infante pasaría sus noches, antes de irse a dormir, adentro del baño con su celular. Temía que su esposa catalogara sus costumbres nocturnas como perversas, sin embargo ella aún no estaba consciente de lo que su esposo hacía. Ella se acostaba colocando su cabello corto y negro sobre la almohada, a sus anchas, sintiendo la suavidad de sus sábanas blancas en donde ella podría camuflarse. Carolina Pérez era feliz al acostarse sola y levantarse acompañada; lo que hiciera su marido en el baño durante 25 minutos no le importaba.

Él por su parte llenaba su buscador de africanas, indias, latinas…

***

Una mañana fueron a la casa de su madre para hacer limpieza. La casa estaba vacía. Después del funeral, ellos −Carolina Pérez en realidad− habían decidido conservarla para retener su recuerdo, y limpiarla para honrar su memoria.

Había pasado un mes desde el quinto aniversario de su muerte y alguien tocó el timbre de la casa de su difunta madre. Carolina abrió.

−…estamos muy felices como pareja –alcanzó a escuchar− sí la extrañamos, y siempre lo haremos, pero siento que ya estamos más unidos que nunca…

¿Quién era? –preguntó Pablo Infante cuando su esposa cerró la puerta.

Un pendejo –dijo Carolina Pérez− Primero preguntó quiénes éramos, que no nos conocía. Luego me dijo que conoció a tu madre hace mucho tiempo, tenía algo de ella y vino a devolvérselo. Apenas se enteró de su muerte… ¡pendejo! Me dejó esto –puso en su mano un fuete color negro y un sobre con dinero− no sabía que tu madre montara a caballo. Debió hacerlo hace mucho, ¿nunca te contó sobre eso? Debe haber más cosas de esas aquí en su casa, ¡Qué mujer tan increíble! ¿Nunca te contó nada de eso?

No.

***

Carolina Pérez ya estaba dormida cuando su esposo llevaba apenas diez minutos en el baño. Por su parte, Pablo Infante se había cansado de las mujeres de piel oscura y cabello rizado. Buscaba algo más que lo llenara. Así aparecieron en su celular videos de mujeres negras, no por su raza, sino por su ropa, que recibían todo tipo de abusos, pero los disfrutaban.

Pablo infante también disfrutaba. Tanto, que en una de aquellas noches, al estar encerrado en el baño, expulsó un gemido que no pudo contener, tan fuerte, al momento de terminar, que despertó a Carolina Pérez. Para cuando ella recobró el razonamiento se escuchaba una canción desde el baño.

I can't get no satisfaction…

Amor –dijo ella− amor…

El mecanismo de la taza del baño se accionó, Carolina Pérez se quedó mirando la puerta del baño, la luz se apagó y su esposo salió de ahí.

I can't get no satisfaction…

Apaga ese escándalo. Escuché un ruido y me espanté.

Estoy bien, querida –dijo él y la besó en la frente− ya vámonos a dormir.

Cause I try and I try and I try and I try

Pablo Infante apagó la música y durmió como nunca en todos sus años de casado.

***

El sexo terminó mucho antes de que Pablo Infante comenzara a excitarse. Todo empezó cuando, ya en el acto, él trató de golpear las nalgas y jalar el cabello de su esposa.

Ella, por su parte, habría de protestar y suspender el acto. Ambos estaban recostados boca arriba, regulando su respiración, molestos el uno con el otro; sólo la luz de la TV alumbraba sus cuerpos, cuando Pablo Infante decidió levantarse, apagar el televisor e ir al baño con su celular.

¡Ya vas de nuevo al baño, cabrón! –gritó Carolina Pérez− ¿Así ibas a cogerme? ¡Con mierda adentro! Él azotó la puerta del baño y encendió la luz. Ella se acostó de lado dándole la espalda a la puerta.

 

Ilustración por Alan Tostado
Ilustración por Alan Tostado.

 

***

Se habían citado en un café, estaban sentados de frente hablando del futuro.

Deberíamos ir pensado qué hacer con el dinero de tu madre.

Sí –dijo él.

Se me ocurren dos opciones –agregó ella− el otro día vi /

En eso, interrumpiéndola, una pequeña niña que apenas y podía caminar se acercó a Carolina Pérez y ella, al verla sola, la levantó y comenzaron a jugar mientras Pablo Infante las veía en silencio.

Por fin, la madre de la niña llegó por ella y se despidió sonriendo.

¡Qué bárbara! –gritó Carolina− ¿Cómo es posible que deje sola a su bebé? Mi madre nunca me hubiera dejado así… tu madre, dios mío, ella jamás hubiera permitido tal cosa. Por eso no entiendo todavía tu cicatriz. Yo misma no dejaría que pasara, ¡qué bárbara! –ambos quedaron en silencio, como pensado− Pablo, ¿y si tenemos un bebé?

***

Pablo Infante descubrió, no sin cierto miedo, que existen grupos masivos de chat donde se comparte de todo. Llegó a ellos buscando niveles más altos de los que ya comenzaba a acostumbrarse. Se había informado que muchas de las páginas que consultaba durante sus 25 minutos en el baño trabajaban bajo la legalidad permitida, y que, si quería un poco más de intensidad, debía buscar lugares donde la ley no fuera un problema.

Terminó ahí, en un grupo que compartía imágenes de mujeres siendo brutalmente golpeadas, algunas eran laceradas con objetos, fierros, pinzas; calentándolos o introduciéndolos. Eso a él le gustaba. Y tenía que entrar, para hacer aún más extraña su situación, con audífonos al baño. “Si no qué chiste”, llegó a pensar.

Esa noche él y su esposa habían vuelto a pelear y ella decidió irse a dormir a casa de su difunta suegra y él, a sus anchas, por primera vez entró a sus grupos de chat sin miedo a que su pasatiempo fuera descubierto. Y se pasó toda la noche en ello. Hasta que, exhausto y deshidratado, cerca de las seis de la mañana, cuando estaba a punto de irse a dormir, recibió una invitación para formar parte de un nuevo grupo, y aceptó.

***

El tipo chateaba constantemente con él, le mandaba fotos y videos. Lo había conocido en el último grupo al que entró, luego, el tipo comenzó a mandarle mensajes privados.

Pablo Infante miraba con asombro cada imagen, cada video, se preguntaba cómo los hacían ¿por qué esas niñas no protestaban? ¿Dónde estaban los padres? El tipo le preguntó que si quería contenidos más exclusivos, que no encontraría en ningún otro lado, que pocos habían visto, y que le costaría una cantidad de dinero mensual.

Sí –dijo él.

***

Pablo Infante veía con agrado las fotos de las niñas desnudas, en pose, dormidas, sonriendo, maquilladas, llorando. Le llamaba la atención los videos de algunas niñas disfrazadas de mujeres; no le gustaban. Pensaba que si quería ver mujeres podía buscarlas en internet. Veía a las niñas hacer felaciones obligadas (¿o no?). Había videos grabados por las mismas niñas, tocándose, enseñando sus pequeñas piernas y sus casi imperceptibles senos. En otras perecía que confiaban en las personas que las tocaban, a veces hacían señal de silencio con sus dedos y sus labios para que el otro se callara ¿dónde estaban? Algunas parecían proponerlo. No todas lloraban, a algunas parecía gustarle, de repente se volvía interesante oler esa piel suavecita, pero no, no era suficiente. Pablo Infante pidió al tipo otra clase de videos, aunque le cobrara más.

Los videos que presentó eran diferentes a los anteriores, sí, pero muy similares entre ellos. Parecía que era la misma persona en todos, con niños distintos en cada uno. Los niños eran diferentes a las niñas, ellos no querían hacer las cosas, la mayoría lloraban al hacerlo, al hacérselo a ellos. Los niños eran más sensibles que las niñas, se quebraban más rápido, peor. Pablo Infante encontraba un sobresaliente parecido entre las nalgas de una mujer y las de un niño. Los veía y empezaba de nuevo. El sufrimiento de los niños, por la humillación, no por el maltrato, lo sentía él mismo, le dolía pero estaba bien. De repente fue demasiado explícito que era el mismo tipo el que salía en los videos.

¿Eres tú? –le preguntó al tipo.

Sí.

Pablo infante pidió todos los videos y pagó una gran suma con el dinero de su madre. Los vio todos en una noche. Niños de frente, de espalda, acostados, colgados; niños haciendo, recibiendo, niños contra niños, enojados, terriblemente asustados, tratados con cariño y con violencia. Un niño inclinado, con la espalda curva, con el tipo encima de él. Cada vez mandaba videos más viejos. Un niño pequeño llorando porque apagaron un cigarro en su cuerpo. Un niño con fluidos en la cara mezclados con sus lágrimas. La calidad lo hacía constar, parecían videos más viejos. Un niño atado a una silla. Un niño con la cabeza bajo un pie. Un niño, colocado a gatas, desnudo, siendo golpeado con un fuete en la parte baja de sus costillas, casi llegando al riñón.

***

Pablo infante, citó al tipo diciéndole querer grabar uno de esos videos que él hace, sin cobrar.

No pensé que llegarías a las primera –dijo el tipo cuando lo vio llegar.

Conozco la zona –dijo Pablo Infante− por aquí vivía mi madre.

El tipo lo hizo pasar. Llegaron a un cuarto, la cama en medio, un niño atado a ella y una cámara encendida.

Toma lo que quieras –dijo el tipo señalándole una mesa con diversos objetos− sé que tienes experiencia.

Pablo infante tomó un navaja y cortó las ataduras del niño.

Bien, más libertad. Me gusta.

Pablo Infante cargó al niño, ante la emoción del tipo, y lo sacó del cuarto.

Vete –le dijo. Y cerró la puerta, quedando solo con el tipo.

No te entiendo. Creí que sabías cómo funciona. Que eras buen espectador.

¿Y también buen actor?

***

Para cuando hubieron terminado, tanto Carolina Pérez como Pablo Infante tenían la piel como gallina y trataban de regular su respiración. Él sudaba encima de ella. El jadeo de ambos apenas y dejaba escuchar el ruido de la televisión.

Estaba el noticiero; la nota de un hombre asesinado en su domicilio, cerca de la casa de su madre. Cuando Carolina Pérez vio el rostro conocido, pidió a su esposo la dejara ver el noticiario.

Ése es el hombre, el que nos visitó en casa de tu madre –dijo− su amigo, ¿te acuerdas?

Sí. –dijo él− apaga el televisor. Vamos a hacerlo otra vez.

 

 

 

 

José Luis Zapata, escritor.
José Luis Zapata, escritor guerrerense.

 

José Luis Zapata (Acapulco 1995)

Es fundador de la Revista Asalto, publicó Autopista del sol en 2017 y obtuvo la beca del PECDAG 2016. Es director de la revista Reverberante.

 

 

Texto por José Luis Zapata

Ilustración por Alan Tostado

 

diegomontes@adncultura.org